miércoles, 21 de junio de 2017

(Día 413) Algunos datos más sobre la biografía de FRANCISCO LÓPEZ DE XEREZ, dejando claro que, descontando un lapso de seis meses, permaneció en campaña al lado de Pizarro hasta el apresamiento de Atahualpa.

(3)  De lo que se deduce que, si bien solo se conoce de su infancia que su padre era “un Pedro de Jerez, ciudadano honrado”, no cabe duda de que se crio en una familia acomodada que le consiguió una educación muy superior a la común en aquel tiempo, y  de que, en sus andanzas por Panamá, ya vivía como soldado y como escribano, aunque no obtuvo el título oficial con carácter público hasta 1526.
     Xerez partió con Pizarro en su primera salida de exploración, rumbo sur por el Pacífico (curiosamente, llamado entonces, de forma equivocada, la Mar del Sur). Tras terribles penurias y la muerte de 57 españoles de los 113 que habían empezado la aventura, hubo un momento en que se volvió a Panamá con todos los supervivientes menos  Pizarro y los “trece de la fama”, que decidieron resistir hasta que llegaran suministros y más hombres para socorrerlos. Es posible que Pizarro le ordenara a Xerez marchar para que consiguiera evitar en Panamá cualquier intento de abortar la expedición. Cuando, pasado mucho tiempo, Pizarro consiguió pruebas de que, con toda probabilidad, existiría más al sur una civilización parecida a la azteca, tuvo el ‘arranque’ de venir a España, presentarse ante Carlos V y pedirle autorización, apoyo y nombramientos para conquistarla. El ‘analfabeto’ lo consiguió, organizó la nueva empresa, y, nuevamente, tuvo a su lado como secretario a Francisco de Xerez, que, al mismo tiempo, volvió a participar en las batallas, pero, esta vez a caballo.
     Con ocasión de un expediente sobre sus méritos, Xerez resumió en una pregunta a los testigos su protagonismo en las batallas de Perú, pidiéndoles que dijeran si sabían que “se halló en todo el descubrimiento, y, como era persona de mucha confianza e celoso del servicio de Su Majestad, le llevó consigo por secretario el Marqués y Gobernador (Pizarro), y fue con el dicho marqués con la gente de caballo que escogió para dar la batalla a Atahualpa, que estaba en Cajamarca”. Por la declaración de otro testigo, sabemos que en algún momento “el dicho Francisco López, yendo corriendo en su caballo, cayó dél e se hizo pedazos una pierna”.
    Este accidente cambió su vida. Algún tiempo después, vino a España convertido en un hombre rico por su botín peruano, nos hizo el favor de publicar inmediatamente su crónica, se casó y continuó disfrutando de su buena posición hasta que en 1554, veinte años más tarde, le pudo la nostalgia de Indias (o la necesidad de recuperarse de fuertes pérdidas económicas), y preparó el regreso a aquellas tierras, donde parece haberse dedicado en Lima a su viejo oficio de escribano, muriendo hacia 1565. Un detalle importante en su crónica es que Francisco de Xerez siempre defendió a Pizarro contra cualquier opinión contraria a su comportamiento, lo que nos obliga a desconfiar un pelín de su objetividad.
   Termino este pasaje aclarando que seré siempre fiel a los textos de la época, pero modernizaré la forma de algunas palabras, especialmente la toponimia y los nombres propios, ya que los cronistas se suelen armar un lío. Un ejemplo: para ellos, entre otras variantes, Atahualpa era Tabaliba o Atabalipa.


     (Imagen) Sevilla siempre fue una ciudad trepidante, cruce de culturas y de intercambio comercial (esclavos incluidos), adonde los barcos llegaban hasta su puerto fluvial y se reparaban en sus atarazanas. Francisco de Xerez respiró desde niño ese excitante entorno donde destacaban los Alcázares Reales (paso obligado para el registro de los que iban a Indias, luego gloriosos o anónimos) y, al ladito, la inmensa catedral con su espectacular giralda, esa torre árabe réplica exacta de las dos mejores de Marruecos. La que vio Francisco no tenía en lo alto el remate actual. La foto nos muestra cómo era entonces en un bajorrelieve de piedra que Sancho Ortiz de Matienzo regaló en 1499 a su pueblo natal, Villasana de Mena.

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