jueves, 31 de octubre de 2019

(Día 942) Ya no habrá vuelta atrás. Diego de Almagro el Mozo entusiasmó a sus hombres arengándolos para la lucha. Va a empezar de inmediato la batalla de Chupas. Cieza se estremece ante la próxima carnicería entre españoles.


     (532) Se palpa el terror de los mensajeros: “No veían la hora de salir de ahí, e, tomados sus caballos, se fueron del campamento. Don Diego de Almagro, cabalgando en un poderoso caballo, mandó que toda su gente se juntase en la plaza; pronto cumplieron su mandamiento, e, poniéndose en medio, les hizo una plática”. Parece ser que el Mozo actuaba ya como un gran capitán, lo que no es de extrañar, pues los dramáticos acontecimientos que vivió en tan poco tiempo tuvieron que madurarlo aceleradamente. Según Cieza, les recordó todos los grandes méritos de su padre, Don Diego de Almagro, “que fueron un escalón por donde subieron los Pizarro, en premio de lo cual, con gran crueldad le fue quitada la vida”. Luego habló del mal trato que se les había dado, y de que Vaca de Castro, el representante del Rey, había sido nombrado con tantos poderes por influencia del obispo Loaysa (el que fue Presidente del Consejo de Indias), que no era imparcial, sino interesado en favorecer a los pizarristas. Subrayó que no quedaba más salida que la guerra, y arengó a sus hombres para que mostraran gran valor: “E, si no fuere Dios servido de darnos la gloria de la victoria, al menos, ganando la de la fama perpetua con nuestras obras, vendamos las vidas en tal precio que ninguno se determine a comprarlas”. Todos los presentes se entusiasmaron: “No hubo acabado el mozo Don diego su plática, cuando los soldados, alzadas las manos derechas, pidieron a voces la batalla. Se levantó el campamento, e, al otro día, marcharon hasta llegar a Pomacocha, donde quisieron descansar hasta saber si el enemigo había salido de Chupas, para así dar la batalla en Sachabamba, donde se podían aprovechar de la artillería”. Pero se fueron de allí, y Cieza, como siempre, ve la mano del destino entre bastidores: “Mas, como la muerte anduviese por encima de sus cabezas con hervor e calor grande, alzaron las tiendas y fueron a dormir a Sochabamba, para dar al otro día en el enemigo, o meterse en Huamanga”.
     Llega el momento de la BATALLA DE CHUPAS, y Cieza se estremece. Con palabras grandicoluentes, pero sin duda sentidas, porque, aunque no fue testigo del desastre, lo sintió en el alma, y conocía al detalle la vida de aquellos hombres, incluso a alguno personalmente, de los que murieron y de los que fueron testigos que luego le contaron los hechos. Resumo sus lamentos (en los que no falta una crítica a los abusos de la conquista): “Ya se acercaba el tiempo en que los cerros de Chupas se habían de rociar con la sangre de los que nacieron en España. Recuerden a los antiguos Incas y a su Huayna Cápac, y miren sus mares la famosa venganza que se toma del destrozo que se ha hecho en el linaje Yupanqui, e que no serán menester otras armas más que las que los temerarios (españoles) trajeron para este destrozo. Veremos cómo, teniendo el corazón atravesado con una lanza, o llevándoles la pelota de arcabuz con su furia las entrañas, e queriendo escupir por la boca el ánima, nombraban a Almagro o a Pizarro, e todos daban vivas al Rey. No sé cómo contar tanta crueldad, ni a cuál de las partes tenga por justa. Pero la tiranía es cosa fea (se refiere a la rebeldía de los almagristas) y aborrecible ante los mandamientos divinos.

      (Imagen) Cuando el capitán Peransúrez partió de la villa de  La Plata, para unirse a las tropas de Vaca de Castro, llevaba consigo entre su gente a LOPE DE MENDIETA, quizá hermano mayor del vasco, ya comentado, Juan Ortiz de Zárate. Casi nadie se acuerda de Lope, pero nos va a quedar retratado en dos documentos. El primero, del año 1552, es el que vemos en la imagen. En él aparecen los méritos  que presentó para solicitar que lo nombraran Caballero de la Orden de Santiago, y nos muestra que los miembros del Consejo de Indias le aseguraban al Rey que merecía esa distinción. Lo resumo. Lope de Mendieta, que estaba entonces en Madrid, explica que sirvió a Pizarro cuando hubo una rebelión general de los indios (liderados por Manco Inca), y luego (asesinado ya Pizarro), a Vaca de Castro en la batalla que acabó con la derrota y muerte de Diego de Almagro el Mozo. Sirvió también al virrey Núñez de Vela contra Gonzalo Pizarro, e, incluso, se había enfrentado antes a él en la batalla de Huarina bajo las órdenes del capitán Diego Centeno, donde salieron malparados; pero luego, estando al mando Pedro de la Gasca (todavía no era obispo de Palencia), consiguieron vencerlo definitivamente. Se supone que le concederían el Hábito de Santiago, pero lo disfrutó poco, porque murió un año después. Y es, precisamente, su testamento el que muestra su calidad humana. Expresó en él su voluntad de que, si seis letrados teólogos lo considerasen justo, se compensara económicamente a los indios de sus encomiendas por el posible trato abusivo que hubiesen sufrido. Curiosamente, un año después murió otro gran hombre (con solo 34 años) que nos resulta ya como de la familia: el cronista PEDRO CIEZA DE LEÓN, quien puso la misma cláusula en su testamento. Esa sensibilidad solo podía cuajar en una mentalidad profundamente cristiana, no muy probable en campañas de otras naciones.





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