martes, 29 de octubre de 2019

(Día 940) Mientras hacían negociaciones Almagro y Vaca de Castro. este envió como espía al corredor Alonso García Zamarrilla, quien fue ejecutado después de ser apresado por Juan Diente, corredor de Almagro.


     (530) Les pareció también oportuno pedirle a Diego de Almagro el Mozo que enviara a Juan Balsa para dejar bien asentados los términos de una paz, e incluso que fuera a su campamento Alonso de Alvarado como garantía de sus buenas intenciones. Las cartas que prepararon eran tan absurdas como las enviadas por Diego de Almagro. En el fondo le pedían que cambiara su propósito y se pusiera al servicio de su Majestad, reconociendo que estaba equivocado.
     Para mayor chapuza, iba a ocurrir un incidente peliculero y preocupante: “Habiendo dado los despachos a los mensajeros, Vaca de Castro, sin que ellos lo supieran, quiso, con disimulo, enviar como espía a un grandísimo andador, llamado Alonso García Zamarrilla, que es al que mencionamos más atrás, cuando en el cerco del Cuzco Hernando Pizarro lo mandó adonde Manco Inca, y, queriéndole este matar, se escapó de aquel lugar con sus ligeros pies, porque su sepultura había de estar en Vilcas (que es donde ahora lo van a ejecutar). Los más aparejados y dispuestos para espías en este reino eran este y Juan Diente, que fue el que lo prendió, como diremos. Rapada la barba y sin el hábito español, se puso el traje de los indios, llevando en la boca la hierba tan preciada que se cría en los Andes (era un atleta, pero se dopaba con coca). En una pequeña mochila puso las cartas que le dio Vaca de Castro para Don Diego de Almagro y sus capitanes. Tenía la misión de que, mirando cómo estaba asentada y ordenada la tropa de los almagristas, volviese con toda diligencia a dar cuenta de ello. Así salió Alonso García Zamarrilla. Luego, también se despidieron del Gobernador Lope de Idiáquez y el Factor Mercado, mensajeros de Don Diego”.
     Y se produjo el drama: “También los almagristas estaban alerta para que sus enemigos no los tomasen descuidados, y enviaban corredores por todas partes. Y un día que le tocó a Juan Diente, excelente soldado, subió a un collado, cerca de Vilcas. Como Alonso García venía caminando hacia aquel lugar, fue visto por Juan Diente, mas creyó que era un indio, y bajó hacia aquella parte. Alonso García, que no iba descuidado, lo reconoció, e, viendo que era de los enemigos, se fue por otro camino. El adalid (quizá en el sentido de ‘el mejor en los suyo’) Juan Diente, que le excedía en ligereza, siguiéndole el rastro, y conociendo por su mucha experiencia que no era indio, lo alcanzó metido en una cueva. Y, aunque Alonso García era grandísimo andador e singular espía, fue apresado por Juan Diente, que le superaba, pues ninguno en el reino se le igualaba”.
     Juan Diente llevó preso a Alonso García al campamento de Vilcas, donde lo sometieron a tortura para que hablara: “Confesó ir como espía y con cartas de Vaca de Castro (para animar a algunos a pasarse al bando del Rey). Don Diego mandó que, por el daño que podría haber causado, fuese ahorcado. Cuando le iban a echar la soga a la garganta, dijo: “Hay contra vosotros mil cien hombres de guerra, muy bien preparados y con gran deseo de destruiros. Y digo esto porque, aunque me quitáis la vida, me pesa que os perdáis’.  E luego, girado el garrote, entregó el ánima”. Quizá, por haber sido almagrista, tuviera amigos en aquel bando.

     (Imagen) A veces ocurre, y es una pena, que resulta imposible encontrar datos suficientes para hablar de conquistadores que tuvieron mucho mérito (en realidad, como casi todos) pero permanecieron en segundo plano. Ahora hablaré de dos que merecen ser sacados del olvido, aunque me vea obligado a imaginar sus aventuras. Se dedicaron a lo mismo, porque tuvieron ambos una idéntica habilidad especial. Fueron los mejores en lo suyo. Sin duda se admirarían y apreciarían mutuamente, pero desde bandos contrarios, lo que trajo como consecuencia que uno provocara la muerte del otro. Su trabajo más habitual consistía en hacer de mensajeros o de espías, atravesando largas distancias en pleno territorio de indios, disfrazados como tales, y sin poder usar caballos para no ser reconocidos como españoles. Eran verdaderos atletas y veloces como el viento. Se llamaban ALONSO GARCÍA ZAMARRILA y JUAN DIENTE. El primero fue tiempo atrás apresado por Manco Inca. Lo dejó libre. Hernando Pizarro no le creyó que los indios iban a cercar el Cuzco, y, cuando ocurrió, Zamarrilla se portó como un héroe, siendo uno de los que hicieron huir a los nativos de la fortaleza de Sacsahuamán. Participó también en la fundación de la ciudad de Huamanga. Vemos ahora que el otro “de pies ligeros” (como diría Homero), el gibraltareño JUAN DIENTE, lo apresó cuando espiaba a los almagristas, y que estos lo ahorcaron. Luego Juan Diente (que había participado en el asesinato de Pizarro) fue ejecutado pasados solamente unos meses, tras salir derrotado en la batalla de Chupas y ser apresado por el burgalés DIEGO DE ROJAS, quien, a su vez y dos años más tarde, después de una gloriosa campaña en la zona de Tucumán, murió en 1544, como ya vimos, de un flechazo envenenado. Los tres, grandes; los tres, trágicos.



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