miércoles, 23 de octubre de 2019

(Día 935) El ambiente en la tropa de Diego de Almagro el Mozo era muy conflictivo. Perdonó la vida a dos de sus hombres, pero ejecutó a tres por traidores. El emperador Manco Inca quiso aliarse con Diego de Almagro el Mozo.


     (525) Pero se rehizo: “Vio que le convenía apretar las manos y armar bien su ejército, pues contra él se juntaba todo el poder del Perú. Por tener sospecha (de la fidelidad) de Martín Carrillo e de un vecino del Cuzco, los mandó prender, y escribió a la ciudad de Arequipa una carta a un tal Idiáquez, al que tenía por amigo, pidiéndole consejo sobre lo que haría con ellos, y le contestó que lo que le convenía era ni llevarlos ni dejarlos (o sea, matarlos), y, aunque Don Diego entendió bien la respuesta, no quiso usar de tanta crueldad, sino dejarlos presos, y, al cabo de pocos días, los soltó”.
     Diego de Almagro el Mozo salió con parte de su tropa del Cuzco, donde dejó el resto de los soldados bajo el mando del General Juan Balsa (“hombre de poco ánimo”, comenta Cieza), estando previsto que les alcanzaran después, y quedando como Teniente de Gobernador de la ciudad Juan Rodríguez Barragán. Pero Diego de Almagro iba de susto en susto. Da pena verlo tan joven y enfrentado a incidentes tan graves. Y, esta vez, no le va a quedar más remedio que ser implacable: “Estando ya Don Diego fuera del Cuzco, le avisaron de que había algunos que querían huir a pasarse a los enemigos, los cuales eran Pedro Picón, Alonso díaz y Juan Montañés, todos bien valientes e animosos. Pareciéndoles mal la empresa que traían, querían, dejando a su Capitán, pasarse al que venía en nombre del Rey, e, incluso, con poder de perdonarlos. Y, aunque con mucho secreto quisieron salir de su campo, Don Diego lo supo, y pronto fueron apresados e sentenciados a muerte, la cual les fue dada con un cordel e un garrote, para que escarmentasen en ellos los demás”. Una y otra vez nos muestra Cieza los conflictos internos que había en la tropa de Almagro el Mozo, así como la sensación de que su moral era muy baja: no era ninguna broma rebelarse contra la Corona.
     Lo que nos cuenta a continuación puede servirnos para entender por qué, como vimos en una imagen anterior, Diego Méndez, Gómez Pérez y otros cinco españoles, huyendo para salvar sus vida tras la derrota de Chupas, fueron acogidos por Manco Inca, el rebelde emperador (con pocas tropas, pero legítimo): “Manco Inca, sabiendo los movimientos que había entre los españoles, que Vaca de Castro estaba en Jauja y alguna de su gente en Huamanga, y que Don Diego estaba fuera del Cuzco, como él aborrecía en tanta manera a los Pizarro, envió mensajeros a Don Diego, diciéndole que se había retirado a Victos y Vilcabamba, y abandonado su patria por el mal tratamiento que Pizarro le hizo, e por el mucho oro que le pedía, por la cuales causas movió guerra contra los cristianos, e la tuvo hasta que su padre (el del Mozo) vino de Chile, y le rogaba que, por la amistad que tenía con él, fuese a Huamanga, pues allí le saldría de paz. Le hacía saber que Vaca de Castro estaba en Jauja con potente ejército, e que en Huamanga tenía alguna gente”. Lo que quiere decir que, a pesar de que Manco Inca también había luchado contra Diego de Almagro el Viejo (recién venido de Chile) durante el cerco en que mantuvo a la ciudad del Cuzco, conservaría algún buen recuerdo de los intentos de paz que hubo entre ellos, y es posible que aún tuviera la esperanza de negociar con los almagristas una alianza que le asegurase un futuro más tranquilo que bajo el dominio de los pizarristas.

     (Imagen) Cuando Jerónimo de Aliaga (al que he dedicado la imagen anterior) hizo un viaje a España, actuó como testigo en la valoración de méritos y servicios de un sevillano llamado HERNÁN MEJÍA DE MIRAVAL. Hay que hablar de él porque, si bien ahora está olvidado, brilló mucho en las tierras peruanas y chilenas. Su mayor proyección fue muy posterior a las guerras civiles, aunque en 1546 se unió a las tropas de Pedro de la Gasca cuando, asombrosamente, solo tenía 15 años. Da que pensar que, dos años después, aparezca en la decisiva batalla de Jaquijaguana un Hernán Mejía como capitán de arcabuceros. O este Mejía era otro, o ‘el nuestro’ tenía que ser mayor de lo que se cuenta. Tras derrotar La Gasca a Gonzalo Pizarro en ese encuentro, envió una expedición a la actual zona argentina de Tucumán para, entre otras coas, establecer un asentamiento que facilitara una ruta directa desde Lima hasta Buenos Aires. Hernán Mejía se apuntó a la aventura, y eso marcó el resto de su trayectoria. Desarrolló una actividad frenética y participó en muchas fundaciones, entre ellas la de la ciudad, hoy todavía muy importante, de Santiago del Estero. Tuvo también Mejía un  curioso proyecto, que, al parecer, no cuajó. Quizá fuera en gran parte una fantasía suya, pero se lo expuso al Rey con datos que ya vimos anteriormente, porque hace referencia a la fracasada expedición que financió el obispo Gutierre de Carvajal. Le decía al Rey que, “de aquella armada, enviada hacía muchos años, habían quedado perdidos como mil hombres, que estaban ya avecindados en aquella tierra, y se ofrecía a descubrirlos y encontrar el mucho oro y plata que allá había”. Tenía tal prestigio de capacidad y honradez, que en 1590 fue comisionado, por decisión unánime de los residentes en tierras tucumanas, para ir a España y conseguir de la Corona beneficios y ventajas administrativas. Tras el viaje, se apagó su rastro. Murió hacia el año 1593, y, casi con toda seguridad, en España, aunque se discute si en Sevilla o en Madrid.



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