martes, 20 de noviembre de 2018

(Día 680) Cieza anticipa lo que vamos a ver y dice que en las guerras civiles murieron más de 4.000 españoles. Habitualmente, su imparcialidad con Pizarro y Almagro es constante. Aprecia a los dos, y cree (exagerando) que la mayor culpa la tuvieron los ambiciosos que los rodeaban.


     (270) Nos cuenta Cieza: “Tras dar noticia de algunos descubrimientos que hubo en aquellos tiempos, veremos la ida de Hernando Pizarro a España, y después, en el libro segundo, la segunda guerra, que se llamó de Chupas. En estas guerras civiles, además de ser muy largas, pasaron grandes acontecimientos, y no ha habido en el mundo gentes de una sola nación que tan cruelmente las hiciesen, olvidados de la muerte y sin importarles nada perder la vida por vengarse unos de otros. Los negocios que las acarrearon tuvieron muy poco fundamento; después se fueron encendiendo de tal manera que perdieron la vida más de cuatro mil españoles”.
     Acabo de leer a un buen historiador que coloca a Cieza entre los escritores que, a la hora de juzgar a los dos principales protagonistas del inicio de este conflicto, absuelven a Pizarro y condenan a Almagro. No puedo estar de acuerdo. Cieza aprecia y valora a los dos, pero no tapa las responsabilidades que ambos tuvieron en el inicio de este desastre, y, con sensatez, se limita a opinar sin hacer juicios temerarios cuando no está seguro de las causas. Aunque también es cierto que, en caso de duda, suele aplicarle automáticamente a Pizarro la presunción de inocencia. Lo que escribe a continuación deja bien clara la postura que va a mantener: “Dicen que estas guerras empezaron porque, cuando Hernando Pizarro fue a España, llevó un encargo de Don Diego de Almagro para pedir a Su Majestad que le hiciese la merced del Nuevo Reino de Toledo, pero que intentó, hablando mal de la persona de Almagro, que no le hiciese la merced, aunque Su Majestad, acordándose de lo mucho que le había servido Almagro, se la concedió; y que, al saberlo Hernando Pizarro, obtuvo  de Su Majestad, setenta leguas más para añadir a lo que su hermano ya tenía en gobernación. Llegadas estas provisiones, Almagro pretendió que el Cuzco entraba en su gobernación, oponiéndose Pizarro; de manera que, por esta cuestión, se levantó la primera guerra y las que siguieron. Mas yo no dejaré de creer que estas guerras las formaron más bien, por envidias y rencores ya viejos entre Almagro y Hernando Pizarro, los émulos que hubo de una parte y de otra (todos eran parte interesada), pues, de haber querido, habrían podido intervenir cuerdamente y no dar lugar a que tal plaga se extendiera por la tierra y vinieran tan grandes calamidades”.

     (Imagen) Conviene recordar  en líneas muy generales el proceso de deterioro de la gran amistad que hubo entre Pizarro y Almagro. Eran los dos de edad parecida. Pizarro desembarcó en las Indias casi diez años antes que Almagro, lo que le daba un grado mayor de veteranía y una hoja de servicios ya enriquecida por hechos extraordinarios, como el de haber formado parte del grupo que descubrió el Pacífico bajo el mando de Vasco Núñez de Balboa. Su primer encuentro lo tuvieron cuando Almagro llegó a aquellas tierras el año 1514 en la impresionante armada del durísimo Pedrarias Dávila, a cuyo ejército también se incorporó Pizarro. Allí surgió tal amistad entre nuestros dos héroes, que se asociaron, ya enriquecidos, para explotar una hacienda agrícola ganadera. Luego les enardeció la idea de descubrir las maravillas de Perú. Se asociaron además con el sensato clérigo Hernando de Luque, y ellos dos se entregaron obsesivamente a la impresionante aventura, Pizarro como heroico capitán, y Almagro, también gran sufridor, encargado de llevarle una y otra vez provisiones en medio de grandes peligros. El equipo perfecto y sin fisuras. La llegada de los hermanos de Pizarro y su mala influencia, especialmente por culpa de Hernando Pizarro, en el reparto de los éxitos, con gran perjuicio para Almagro, acabará con el idilio. El rey les concedió dos gobernaciones. Los límites eran discutibles. Y, sin esperar a que Carlos V zanjara las diferencias, lo resolvieron a las bravas, Pizarro con un ejército de veteranos de Perú, y Almagro, con otro que estaba principalmente integrado por quienes le habían acompañado a la fracasada conquista de Chile. Nada pudo ser peor que las guerras civiles resultantes.



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