martes, 10 de septiembre de 2019

(Día 932) Perálvarez y Tordoya se mostraron molestos por algún recorte en su autoridad, a diferencia de Garcilaso de la Vega, mucho menos puntilloso. Le recibieron con todos los honores a Vaca de Castro en Lima.


     (522) Terminada la fiesta, Vaca de Castro le dio al licenciado León el cargo de Alcalde Mayor de la tropa, lo que suponía una pequeña merma de autoridad en el puesto de Maese de Campo que le había concedido a Perálvarez Holguín, porque, aunque quedaba intacta su autoridad militar, no podría impartir justicia. El puntilloso Perálvarez dio otro pasito de protesta, que, sumado a alguno precedente y a otros muchos posteriores, acabará con la paciencia de Vaca de Castro. Esta vez, para contentar a Holguín, aunque sin quitarle su puesto al licenciado León, le amplió el número de soldados bajo sus órdenes, diciéndole, además, “que él quería que, en su cargo, nadie mandase más que él”.
     De momento, problema solucionado, pero hubo alguien también molesto, lo que, al parecer, es frecuente entre militares profesionales: “De esta manera, no pasaron más cosas entre el Gobernador y su gente, pero el Capitán Gómez de Tordoya, que tenía enemistad con Perálvarez, a pesar de que le fue dada una compañía de gente de a caballo (le pareció poco), no  quiso usar el cargo, sino ser soldado y entrar privadamente en la batalla. Y, por ser amigo y pariente del Capitán Garcilaso de la Vega, le animaba a que tuviese el mismo deseo que él. Garcilaso, queriendo ver el reino en paz e servir a Su Majestad, solo quiso hacer, con toda lealtad, lo que le fuese mandado por el Gobernador”.
     Tranquilizadas las cosas, decidieron de inmediato imponer su autoridad en varios sitios, y lo antes posible. Les pareció a todos urgente ir a ganarse la confianza de los vecinos de Jauja, y hacia allá enviaron gente bajo el mando del Capitán Diego de Rojas. Un grupo volvería a Lima con Vaca de Castro para reclutar gente y proveerse de dinero con el que cubrir los gastos militares. A Pesansúrez le encargaron que fuera a la ciudad de San Miguel (la primera que se fundó, situada cerca de la costa ecuatoriana), “e prendiese a un tal Santiago, hombre muy rico, secuestrándole los bienes y tomándole sus dineros porque se había mostrado amigo de Don Diego, retornando luego por el camino marítimo a Lima”. A Perálvarez y a Alonso de Alvarado, les ordenó Vaca de Castro que se situasen con sus tropas en Jauja, y le esperasen allí hasta que él volviera de Lima. Él también se puso en marcha, y, como era habitual, mandó por delante mensajeros para avisar a los  vecinos de su llegada: “Como todos los que estaban en la Ciudad de los Reyes  eran amigos del Marqués Pizarro, holgáronse mucho de saber que venía, e le hicieron un gran recibimiento”.
     Cieza da algunos nombres de las autoridades que le acogieron con entusiasmo: “El licenciado Benito Suárez de Carvajal, que allí estaba, salió a recibirlo, y lo mismo el factor Illán Suárez de Carvajal, su hermano, y el Capitán Diego de Agüero, e Alonso de Riquelme, Tesorero, e Jerónimo de Aliaga, el Teniente de Gobernador, e los Regidores, y, con ellos, el gobernador Barrionuevo. El Factor, en nombre de todos, le dijo que fuese tan bienvenido como lo fue el Gran Capitán en Italia, e que todos los caballeros de aquella ciudad harían lo que conviniese al servicio de su Majestad. Vaca de Castro lo agradeció y mostró holgarse con lo que el Factor le dijo”.

     (Imagen) Según dije, hay varias opiniones sobre por qué Manco Inca acogió a los almagristas huidos tras su derrota en la batalla de Chupas. Como son contradictorias, las dejaré de lado, pero es posible que Manco los viera como aliados suyos contra los españoles fieles al Rey. Lo cierto es que estuvieron unos tres años bajo la protección del rebelde inca, y que aquello no podía acabar bien. Oigamos lo que Titu Cusi Yupanqui cuenta  en su crónica (la de la imagen): “Después de estar estos españoles  algunos años en compañía de mi padre, estaban un día jugando al herrón, solos mi padre, ellos y yo (tendría unos diez años), y, entonces, descargaron todos sobre él, con puñales, cuchillos y algunas espadas, y mi padre, como se sintió herido, con la rabia de la muerte procuraba defenderse. Mas, como estaba él solo y ellos eran siete, y mi padre no tenía ninguna arma, al fin le derrocaron al suelo con muchas heridas, y le dejaron por muerto. Como yo era pequeño y vi tratar a mi padre de esa manera, quise ir a guarecerle, pero volviéronse contra mí muy enojados, arrojándome un golpe de lanza, que faltó poco para que me mataran a mí también. Espantado de aquello, hui por unos montes abajo. Luego unos indios que llegaron con el capitán Rimache Yupanqui apresaron a los españoles para hacer sacrificio con ellos. A todos los cuales dieron muy crudas muertes, y a algunos quemaron, y aún después de esto vivió el dicho mi padre tres días”. En las crónicas, se suele dar el principal protagonismo del ataque a Diego Méndez y a Gómez Pérez. Le sucedió a Manco Inca en el poder imperial su hijo Titu Cusi, y, a la muerte de este, su hermanastro, el mítico Tupac Amaru, a quien el año 1570 ejecutó el gran virrey Francisco de Toledo, logrando así poner fin a la rebeldía inca. 



lunes, 9 de septiembre de 2019

(Día 931) Muchos se alegraron de la muerte de García de Alvarado. Cieza ve la mano de Dios en los castigos que van sufriendo los almagristas, entre otras cosas, por haber matado a Pizarro.


     (521) Cieza no muestra ninguna piedad por el difunto: “La muerte de Alvarado trajo gran regocijo a la mayoría de los almagristas, porque, por su demasiada presunción e soberbia, le querían mal, y al fin vino a morir una muerte conforme a la vida que vivió, y pagó haber tomado parte en la muerte del Marqués, y por sus robos y crueldades que hizo y muerte que dio a Sotelo. Y, sobre todo, porque, a costa del mozo Don Diego y de los demás, quería conseguir fama e gozar del perdón. Era García de Alvarado caballero de veintinueve años, de hermoso aspecto y de cuerpo bien dispuesto, ambicioso, soberbio, de gran presunción e muy vano, valiente y muy animoso,  amigo de gente soez y apegado a sus consejos”.
     Cieza, que vivió aquello tan de cerca, conociendo incluso a muchos de sus protagonistas, se lamenta una y otra vez por la fatalidad y la violencia con que se desarrollaron las guerras civiles. Ahora carga contra la ceguera de los almagristas, que, como siempre, achaca a la justicia divina: “Bien parece que Nuestro Señor quiso que las exequias del Marqués Pizarro fuesen celebradas con la sangre de los principales culpables de su muerte y de tan grande atrocidad como fue la que hicieron. Mirando las muertes tan desastradas de Francisco de Chávez, Juan de Rada, Cristóbal Sotelo e García de Alvarado, que eran las cabezas principales de los almagristas, me asombro de que los promovedores de sediciones y tiranos que se han alzado (después) no hayan tomado a estos como ejemplo, para alejar de sí cosa tan inicua e fea como es usurpar el reino a su señor natural; pero la gente del Perú no sabe escarmentar en cabeza ajena”. A pesar de su admiración por Cristóbal de Sotelo, también lo incluye en el lote de los justamente castigados. Cieza sabe muy bien, y así lo dijo, que Sotelo lamentó el asesinato de Pizarro, pero por considerarlo prematuro, ya que convenía esperar a ver qué decisiones iba a tomar el gobernador Vaca de Castro. Por otra parte, tiene razón al juzgarlo como rebelde, puesto que luchaba para que Diego de Almagro el Mozo se apoderara de la gobernación de Perú. Digamos que fue un rebelde por comprensible y loable fidelidad a los que siempre fueron los suyos, los almagristas. Atrapado, pues, por el destino con la fatalidad de las tragedias griegas.
     Cieza nos va a mostrar a continuación los incesantes movimientos estratégicos de los dos bandos, sin que faltaran incidentes internos en cada uno de ellos. Vaca de Castro, que estaba asentado, como vimos, en Huaraz, después de haber organizado la estructura jerárquica de sus tropas, les dio a todos un pequeño respiro celebrando una breve fiesta: “Les dijo a sus capitanes que se regocijasen y alegrasen, pues la merced que les había hecho Dios al juntarlos a todos había sido muy grande. Oído lo cual por ellos, ordenaron juegos de cañas y sortija, y el Gobernador los convidó a su aposento”.

     (Imagen) Nos queda por comentar el destino de otros dos conspiradores del grupo de ‘Caballeros de la Capa’. Sabían perfectamente que, tras la batalla de Chupas, iban a ser condenados a muerte por organizar el asesinato de Pizarro. Se trata de DIEGO MÉNDEZ y de GÓMEZ PÉREZ, el primero, con gran protagonismo en las guerras civiles, y, además, hermano del magnífico y trágico capitán almagrista Rodrigo Orgóñez. (Comenté hace poco que, por fin, pude diferenciarlo de otro Diego Méndez bastante más joven). Sin embargo, el segundo, Gómez Pérez, dejó poco rastro en las Indias, salvo en dos hechos fundamentales que compartió con Diego: las muertes de Pizarro y del rebelde dirigente indígena Manco Inca. Cuando él y Diego Méndez huyeron tras la derrota de Chupas, acompañados de otros cinco almagristas, solo vieron como posible salvación buscar el amparo de Manco Inca, que se había refugiado con sus indios en los Andes. El gran cacique les recibió bien. Hay varias versiones contradictorias sobre las razones de esa buena acogida y de lo que pasó después. Está comprobado que permanecieron en el lugar varios años, que los españoles mataron a Manco Inca (en la imagen, que es del siglo XVI, solo aparece Diego Méndez, pero también intervino Gómez Pérez), y que luego fueron todos masacrados por sus indios. A Manco Inca le sucedió en el poder su hijo, el cristianizado Titu Cusi Yupanqui, y contó los hechos, de forma muy creíble, en una crónica. Cuando ocurrió, Manco Inca y los españoles estaban jugando al ‘herrón’ (cuya habilidad consiste en lanzar una herradura y encajarla en un clavo fijo). Es evidente que Titu Cusi siempre narra dejando en buen lugar a los incas, pero todo indica que, en este caso, revela básicamente la verdad. Dejaremos que, en la próxima imagen, nos explique con más detalle la tragedia.




sábado, 7 de septiembre de 2019

(Día 930) El bravucón García de Alvarado entró ingenuamente en la casa de Diego de Almagro, quien le dio la primera estocada, y lo remataron sus hombres.


     (520) Se acercaba la hora del convite. Alvarado le envió un mensajero a Almagro para decirle que todo estaba preparado, y le contestó que se encontraba muy mal, pero que, no obstante, iría más tarde: “Cuando lo supo, a García de Alvarado le pareció de mala crianza no ir a por él, y, yendo de camino acompañado de su gente, se encontró con Martín Carrillo, harto amigo suyo y enemigo de don Diego, quien, sabiendo a dónde iba, le dijo que se volviese porque sería su perdición, pues, si entraba a la casa de don Diego, le había de matar. Le contestó que no tenía ningún miedo. Cuando llegó a la puerta de la posada de don Diego y vio tantos arcabuceros, se turbó. Ellos le hicieron la salva sin ninguna pelota, con  lo cual se tranquilizó, y siguió adelante. Entonces los arcabuceros cargaron con pelotas sus arcabuces”.
     A García de Alvarado lo van a atrapar como a un ratón en el cepo: “Yendo acompañado de todos sus amigos, llegó a la sala de Don Diego, estando junto a la puerta su Capitán de la Guardia, Juan de Guzmán, y entró de rondón con tres o cuatro amigos suyos. Entonces el capitán Juan de Guzmán cerró la puerta bien apretada con una alabarda, para que no entrasen los demás que habían venido con él. Don Diego se levantó del lecho en el que estaba recostado, diciendo a grandes voces a los que estaban con él: ‘Ea, caballeros, vamos a cenar’. García de Alvarado dijo: ‘¿Qué ha sido de la indisposición de vuestra señoría?, pues estoy muy turbado de que haya tenido algún mal’. Don Diego le contestó que ya no era nada, que bien podían ir a cenar”.
    Acto seguido, se pasó a la acción: “Entonces se juntó con Don Diego su Teniente General, Juan Balsa, arremetió contra García de Alvarado, y, abrazándose con él, le dijo: ‘Sed preso en nombre del Rey’. Don Diego, echando mano a su espada, dijo: ‘Preso, no, sino muerto’. Y, diciendo esto, le dio una mala herida en la cabeza, e los que allí estaban descargaron más golpes sobre él, y le pasaron con muchas estocadas el cuerpo. Luego cayó muerto en tierra, y pagó con ello la muerte que él le  dio a Cristóbal de Sotelo. Sus amigos, al saber lo que pasaba, espantados de tan extraño acaecimiento, iban unos por unas partes e otros por otras, para esconderse entre los edificios de la ciudad”.
     Luego ocurrió algo frecuente en aquellos vaivenes de fidelidades e infidelidades, donde se mataba sin piedad y se perdonaba sensatamente cuando lo exigía el interés político: “Don Diego, como solamente quería castigar a García de Alvarado y ya lo  tenía muerto, decidió perdonar a todos los que se le mostrasen como amigos, y así muchos vinieron a besarle las manos y a ofrecerse de  nuevo a su servicio”. Es de suponer que algunos de los más íntimos de García de Alvarado, como el retorcido Martín Carrillo, estarían llenos de negros pensamientos.

     (Imagen) Hablemos de los doce Caballeros de la Capa ridiculizados por los pizarristas en Lima (pero muy valiosos personajes). Sus vidas acabaron de forma trágica. Todos planearon el asesinato, pero algunos no participaron directamente en la terrible ejecución  del viejo y enfermo Pizarro. Murió matando, lo cual resulta casi incomprensible porque tenía ya unos 64 años, y, según la autopsia que se hizo en Lima a sus restos el año 1984, había recibido doce sablazos, seis de ellos mortales. Veamos la lista: CRISTÓBAL DE SOTELO, conspirador pero no autor del crimen, fue, como ya sabemos, asesinado por GARCÍA DE ALVARADO, otro de los doce, a quien vemos ahora ejecutado por Diego de Almagro el Mozo. También sabemos que a FRANCISCO DE CHÁVEZ lo mató el capitán almagrista Juan de Rada por su estúpida rebeldía a cuenta de la adjudicación de una muchacha india. PEDRO DE SAN MILLÁN (nuestro protagonista de la imagen anterior) sobrevivió a la batalla de Chupas, pero Vaca de Castro, tras apresarlo, les confió al licenciado Antonio de la Gama y al gran Alonso de Alvarado juzgarlo junto a otros responsables del asesinato de Pizarro, y, lo mismo que a los demás, se le degolló, descuartizando después su cuerpo y exponiendo sus restos en distintos sitios, como se solía hacer para escarmiento público. Con descuartizamiento o sin él, corrieron la misma suerte MARTÍN CARRILLO, MARTÍN DE BILBAO, JERÓNIMO DE ALMAGRO, DIEGO DE HOCES y JUAN RODRÍGUEZ BARRAGÁN. El caso de JUAN TELLO DE SOTOMAYOR fue ligeramente distinto. No lo ejecutaron porque murió en la batalla de Chupas, pero Vaca de Castro ordenó recoger su cuerpo y descuartizarlo para exposición pública. Dejo aparte para la imagen siguiente a otros dos, DIEGO MÉNDEZ y GÓMEZ PÉREZ, porque su historia se complicó mucho, aunque también acabó en tragedia.





viernes, 6 de septiembre de 2019

(Día 929) El plan de García de Alvarado era matar a Diego de Almagro y unirse a Vaca de Castro. Le invitó a una fiesta para hacerlo, y Diego de Almagro fingió aceptar para tenerlo confiado y matarlo a él.


     (519) Pero a García de Alvarado le van a ganar la partida: “Estaba en este tiempo en compañía de Juan Balsa un soldado llamado San Millán, natural de Segovia, de la familia de los Bocudos, mercaderes muy ricos, que se había hallado en la muerte del Marqués Pizarro, muy liberal y en extremo gastador, e, como viese nombrado por General a García de Alvarado, quiso ofrecerse a su amistad e servicio, y le rogó que él y sus amigos quisiesen recibir un convite en su posada. García de Alvarado, viendo que las palabras que le decía eran con buena intención, sin mezcla de ninguna malicia, le respondió que le contentaba hacer lo que le había rogado”.
     En lo que dice a continuación Cieza, se nos aclara nítidamente la duda que había expuesto anteriormente. Los planes de García de Alvarado y sus hombres eran sibilinos: “Le dijo a San Millán que aparejase la celebración para el día que quisiese, porque deseaba convidar a Don Diego para tener amistad entre todos. Dicen algunos que García de Alvarado habló con sus amigos de que habían de matar a Diego Méndez, Alonso de Saavedra, Diego de Hoces, Juan Gutiérrez Malaver y otros capitanes e soldados que se tenían por amigos de Sotelo, e incluso al mismo Don Diego de Almagro determinaron matar, y, después de hechas estas muertes, enviar mensajeros a Vaca de Castro, para que, entregándole las tropas e dándole la obediencia, le nombrase capitán, para que pudiese con sus amigos ir a descubrir alguna parte remota e ignota de estos reinos”. Nunca se sabrá si la siniestra idea, de llevarse a cabo, hubiera  sido aprobada por Vaca de Castro, o bien rechazada de plano, y castigada bajo el lema de “Roma no paga a traidores”.
     García de Alvarado se mostraba eufórico con el plan, y le pidió cordialmente a Diego de Almagro que se uniera a la fiesta llevando también a sus capitanes, “pues era razonable que todos se holgasen”. Una mentira de ese calibre necesitaba un actor genial. Y parece ser que Alvarado no lo era: “Don Diego comprendió muy bien que no le decía aquello con sinceridad ni con buena voluntad, mas, pareciéndole que podría utilizarlo para matar a García de Alvarado, le respondió graciosamente que le agradaba ir al convite, pues estaba bien que se regocijasen y mostrasen alegría. Diego de Almagro volvió a su posada, y habló con sus amigos diciéndoles que estuviesen preparados para darle la muerte a García de Alvarado en aquel convite. Llegó la tarde, y Don Diego, a hora de vísperas, se recogió en su cámara, y con él aquellos que habían de matar a García de Alvarado. Recostado en su lecho, fingió estar mal dispuesto, a fin de que García de Alvarado viniera para querer llevarle al convite, donde cada uno pensaba hacer su hazaña”.
     Era como una funesta partida de naipes en la que los dos hacían trampas: “Don Diego le mandó a Marticote hacer la guardia aquella noche, y que estuviesen los soldados bien provistos de pelotas para lo que sucediese. Marticote envió a su alférez con cincuenta arcabuceros, y, llegados a la puerta de la casa
de Don Diego, secretamente les dijeron que hiciesen la primera salva sin pelotas, y, al segundo tiro, tirasen con ellas”.

     (Imagen) El segoviano PEDRO DE SAN MILLÁN, escribano y soldado, tomó parte en el apresamiento de Atahualpa, y también de su botín. Más tarde se unió, para siempre, a las tropas de Almagro, con el que estuvo en la dura y fracasada campaña de Chile. Derrotado junto al triste anciano en la batalla de las Salinas, los pizarristas le arrebataron todas las riquezas que tenía en el Cuzco. Se trasladó a Lima, padeciendo la miseria y el desprecio que allí sufrían sus compañeros de armas. Consiguió una desvencijada vivienda, en la que empezaron a reunirse doce almagristas que mantenían vivo su odio contra los vencedores, y fantaseaban con la posibilidad de matar a Pizarro. Todos arruinados, solo poseían una capa, prenda habitual al salir de casa, y se la turnaban cuando tenían que hacerlo. El ‘gracioso’ Antonio Pizado, Secretario de Pizarro, empezó a llamarlos los Caballeros de la Capa, y el escarnio tuvo éxito popular. Lo que no se imagina Picado era que, poco después, los ridiculizados le iban a cortar la risa en seco, dándole, como vimos, un triste final. A los doce los vamos conociendo, y llama la atención que, estando tan unidos, algunos llegaran a odiarse hasta el punto de matarse entre ellos. Pedro de San Millán fue determinante para que no fracasara la ejecución de Pizarro, puesto que, ya todos en la calle, evitó que se echaran atrás. Cometido el asesinato, Pedro volvió a hacerse rico rápidamente, quizá por una habilidad heredada, ya que pertenecía a una familia de acaudalados mercaderes segovianos, llamados los Bocudos (‘de boca grande’), quienes eran, casi con seguridad, de origen judío (había muchos en Segovia), siendo común entre los conversos ponerse como apellido el nombre de algún santo. Veremos enseguida que Pedro de San Millán murió pronto y de mala manera.



jueves, 5 de septiembre de 2019

(Día 928) Diego de Almagro el Mozo, manteniendo su intención de matarlo, le otorgó a García de Alvarado la máxima autoridad militar. Alvarado se entusiasmó, pero, por consejo de sus hombres, siguió pensando en matar al Mozo.


     (518) La intención de García de Alvarado era muy retorcida: “Creyó que Juan Balsa le respondería desabridamente, con lo cual tuviera ocasión de matarlo. Mas Juan Balsa, que muy sobre aviso estaba, le respondió muy blandamente, diciéndole que, si Don Diego no le había indicado en la provisión el poder de nombrar y deshacer capitanes, sería por no darse cuenta el escribano, y que, si él mismo (Alvarado) mandaba escribir la provisión, pronto se la traería firmada por Don Diego”. Para desactivar las posibles torcidas intenciones de García de Alvarado, Balsa se hizo el  desprendido: “Le dijo que deseaba ser General porque sabía que sería provechoso para casi todos, pero, aunque Don Diego ya le había dado el cargo, lo desechaba porque deseaba que él solo (Alvarado) fuese el señor y superior de todos, ya que era bien querido de la gente. Estas cosas de buena crianza le dijo Juan Balsa, como hombre que era muy caudaloso de ellas, bajo un velo de astucia y gran cautela. García de Alvarado, creyendo lo que Juan Balsa le decía, le respondió que le había llamado para matarlo, pero que, conocido su buen deseo, le tendría siempre por amigo verdadero, y que le rogaba que le trajeran la provisión que le pedía al Gobernador Don Diego, y que le hiciese entender cuán amigo y servidor suyo era”.
     Cuando Juan Balsa fue a la casa de Diego de Almagro y le puso al corriente sobre lo ocurrido, se vio el joven gobernador, una vez más, obligado a hacer algo que le repugnaba: “Sus capitanes le aconsejaron que enviase a García de Alvarado la provisión que pedía, y que, habiendo lugar y tiempo convenible para ello, lo matase. Don Diego, pareciéndole que con ello perdía su autoridad, no lo quería hacer, mas, mirando que convenía así, mandó preparar la provisión del arte que García de Alvarado pedía, e, después de haberla firmado, se la envió”. Al recibir el documento, Alvarado, tan valiente y peleón como ingenuo, lo celebró públicamente: “Se sintió contento y seguro. Salió bien acompañado a la plaza de la ciudad, donde fue pregonado su nombramiento al son de muchas trompetas, e fue recibido como General por toda la gente de guerra. Mientras tanto, Don Diego deseaba que llegara el momento en el que pudiera matarlo, porque temía que quisiese hacer de él lo mismo que había hecho de Cristóbal de Sotelo”.
     Entonces, los hombres de García de Alvarado le propusieron algo que puede tener una doble interpretación: “No dejó de haber grandes sospechas entre los de ambos bandos, y algunos soldados le insistían a García de Alvarado para que matase a Don Diego, y luego fuese con su ejército a buscar a Vaca de Castro. Como era tan inconstante e mancebo muy animoso, no dudó en hacer aquello que le aconsejaban sus amigos, matar a Don Diego”. Es de suponer que la idea era matarlo y después ir a luchar contra Vaca de Castro, pero cabe la interpretación de que pensaran en hacer las paces con él, esperando su agradecimiento por haber eliminado al cabecilla de los almagristas.

     (Imagen) Estamos ahora contemplando la lucha interna entre los almagristas, como si no les bastara la amenaza permanente de los pizarristas, y tener en contra, por añadiduda, al representante del Rey, Cristóbal Vaca de Castro. El desenfrenado García de Alvarado, después de haber matado a Cristóbal de Sotelo, quería  hacer lo mismo con Diego de Almagro el Mozo y con varios amigos del asesinado. Uno de ellos era el capitán DIEGO DE HOCES, quizá nacido en la bella e histórica Baeza (Jaén), pues allí existe una calle con ese nombre. Luchó con los almagristas en la batalla de las Salinas, manteniéndoles después su fidelidad tras la derrota y ejecución de Almagro, hasta el punto de que participó en el asesinato de Pizarro. Derrotado nuevamente en la batalla de Chupas, no le sirvió para nada poder huir, porque fue apresado, detenido por Diego de Rojas, y ejecutado por el licenciado Antonio de la Gama. A veces se le confunde con otro Diego de Hoces que nada tuvo que ver con las Indias, y ni siquiera con batallas militares, aunque sí participó en una de gran calibre, pero de carácter espiritual. Nació en Málaga en 1490. Siendo muy joven, coincidió en la universidad de Alcalá de Henares con un tal Íñigo, que luego pasó a la Historia como San Ignacio de Loyola. Mucho tiempo después, siendo Diego ya sacerdote, se encontraron de nuevo, esta vez en Venecia, y quedó seducido por lo que bullía en la cabeza y el corazón de Ignacio, un entusiasta, sin fisuras, del espíritu católico, tan vapuleado entonces por Lutero. Los contactos de Diego en Roma fueron vitales para que el papa Paulo III, en 1540, aprobara la fundación de la Compañía de Jesús, entonces con solo once miembros, Ignacio y Diego incluidos. Poco después, el mismo año en que fue asesinado Pizarro, murió este Diego de Hoces, quedando algo desdibujado su recuerdo como fundador.






miércoles, 4 de septiembre de 2019

(Día 927) García de Alvarado no cesaba de mostrarse desafiante. Diego de Almagro el Mozo lo nombró General para aplacarlo, pero con la intención oculta de matarlo.


      (517) Así las cosas, el interior de Diego de Almagro el Mozo hervía de rabia viendo que se tomaba a broma su autoridad como Gobernador. Era evidente que García de Alvarado trataba de quitarle el puesto. Va a ser la ocasión para dejar claro que, a pesar de su juventud, conseguirá tomar, tras varios rodeos, las riendas de aquel caballo que se le iba desbocando: “Don Diego, que estaba bravamente resentido por la desvergüenza de García de Alvarado, pensaba de qué modo podría satisfacer su voluntad, para que ninguno, visto el ejemplo de Alvarado, quisiese intentar otra traición como la que él había hecho”.
     El primer paso que dio no fue muy acertado, y resulta sorprendente (Cieza se asombra), porque va a confiar demasiado en alguien que no daba la talla: “Llamando a consulta a los Capitanes e soldados viejos que tenían entera confianza en él, por haber seguido las banderas de su padre, fue nombrado Capitán General, con el  parecer de todos ellos, Juan Balsa, hombre indigno de que se le diese tal cargo, y la compañía de Cristóbal Sotelo fue encargada a Diego Méndez, porque se supo que tenía enemistad con García de Alvarado”.
     Todo se enredará de manera funesta, aunque el temor a un ataque de los pizarristas paralizó, de momento, el conflicto personal. Por consejo de sus hombres fieles, Diego de Almagro decidió enfriar el asunto: “Hubo mediadores de paz entre él y García de Alvarado, quien le pidió que le hiciese su Capitán General, y le diese poder para gobernar en su nombre el campo. Don Diego, como deseaba castigar a Alvarado e viese que no podía por otra vía, acordó nombrarle su General, y les dijo a Juan Balsa y a otros que lo haría, con cautela y astucia, para matarlo”.
     Pero no se fiaban el uno del otro, y García de Alvarado estaba dispuesto a apostar aún más fuerte: “Don Diego le mandó una provisión por la que le nombraba General y Teniente de Gobernador. Cuando se la llevaron, al ver que no le daba poder para quitar e poner capitanes, la rasgó diciendo palabras feas contra Don Diego”. Y no paró ahí la cosa: “Como había oído decir que Juan Balsa había sido nombrado General, Alvarado imaginó que procuraba que Don Diego no le concediese todo el poder que él pedía. Y, por esto, habló con algunos amigos suyos para que estuviesen preparados para matar a Juan Balsa, porque él pensaba llamarlo para que le diesen puñaladas, y ellos respondieron que cumplirían su mandato”.
     García de Alvarado puso en marcha de su plan, pero, una vez más, los nubarrones pasarán, de momento, de largo. Le envió un mensajero a Juan Balsa rogándole que fuese a su posada porque quería hablar con él. Aun sabiendo que corría un riesgo, Balsa decidió presentarse y lograr, con palabras amables, convencerlo de que saliese de donde estaba, con el fin de que el Mozo lo pudiera matar. Cuando llegó, García de Alvarado le expuso las quejas previsibles, afirmando que había sido injustamente tratado, y privado del poder que merecía por su historial al servicio de Don Diego de Almagro. Y terminó diciéndole: “Si Don Diego me enviase la provisión con todos los poderes que yo pido, me tendrá tan a su servicio como lo he estado desde que el viejo Marqués (también Almagro tuvo el título) fue asesinado”.

     (Imagen) Entre los capitanes que le aconsejaban prudencia a Diego de Almagro el Mozo para que esperara el momento oportuno de matar a García de Alvarado, estaba el madrileño FELIPE GUTIÉRREZ Y TOLEDO. Hablé de él en dos imágenes anteriores. Había llegado a Perú desde la zona de Veragua (Centroamérica) tras haber fracasado allí en la gobernación que tenía concedida. En las cartas que le envió al Rey, le vimos muy prudente y negociador en su deseo de solucionar el conflicto entre Pizarro y Almagro, pero también ambicioso. Habrá que decir algo de su parte oscura. Es evidente que su intención de permanecer equidistante entre Pizarro y Almagro no la mantuvo, ya que aparece ahora incorporado en el ejército de Diego de Almagro el Mozo, a pesar de la brutalidad con la que acababan de asesinar sus hombres a Francisco Pizarro. También es posible que él se hiciera almagrista como consecuencia de otra brutalidad: la indigna ejecución de Diego de Almagro el Viejo. Pero él mismo, como jefe de la campaña de Veragua, tuvo un comportamiento excesivamente duro, aunque la desesperación y los sufrimientos de aquella fracasada aventura pudieran mitigar algo su culpa. Sufrieron duros ataques de los indios, un contagio de peste y un hambre atroz, pese a lo cual Gutiérrez les vendía a sus hombres víveres a precios abusivos. Era tal el calvario de sus carencias, que unos desgraciados soldados comieron carne humana, no solo de indios muertos, sino también de españoles, y el castigo de Gutiérrez fue inhumano: ordenó quemar a dos soldados y marcar a otros dos con un hierro candente, convirtiéndolos en esclavos. Pudo salir de aquel infierno en una nave, pero dejando abandonada a su suerte a una parte de su tropa. Muerto Almagro el Mozo, partió con una expedición pizarrista a la zona de Tucumán, pero, a su vuelta, fue ejecutado el año 1544 por orden de Gonzalo Pizarro, quien se tomó como una traición que no quisiera secundarle en su rebelión contra el Rey.






martes, 3 de septiembre de 2019

(Día 926) Diego de Almagro el Mozo estuvo a punto de castigar a García de Alvarado, pero desistió porque le aconsejaron que no lo hiciera, lo cual hizo crecer el descaro de Alvarado.



     (516) Para la mayoría de los almagristas, la muerte de Cristóbal de Sotelo fue un verdadero drama, ya que eran conscientes de que se quedaban como huérfanos y desvalidos por la pérdida del hombre más valioso de sus tropas, y, además, de manera bien estúpida. La ira contra García de Alvarado fue general: “Muchos recibieron tanta pena, que no pudieron dejar de mostrarla, por el aspecto de sus rostros e por las lágrimas que de sus ojos salían. Fueron a la posada de Don Diego de Almagro, llamando vil e cobarde a García de Alvarado, pues, estando tan enfermo Cistóbal de Sotelo, le había matado. Deseaban tener en sus manos al traidor para darle muerte. Don Diego de Almagro recibió gran turbación porque algunos le dijeron que García de Alvarado quería hacer lo mismo con él, y alzarse con el campo. Y, aunque Don Diego no mostró flaqueza ninguna, y quería ir a prender o matar a Alvarado, le dijeron que entrase en las casas de Pedro de Oñate, que después fue Maese de Campo, desde donde mandó dar alarma a la ciudad, y salió, con los que acudieron, a la plaza, para, desde allí, atacar las casas donde estaba  García de Alvarado”.
     Sin embargo, le aconsejaron (y, al parecer, equivocadamente) que no lo intentara: “El capitán Felipe Gutiérrez y otros caballeros prudentes le dijeron que no era tiempo de dar lugar a muertes, ni a que surgiera algún motín contra él, pues algunos capitanes e muchos soldados tenían amistad verdadera con García de Alvarado. Y, por estos dichos, Don Diego de Almagro desistió de hacerlo”.
     No faltó la chulería de un desalmado al que ya conocemos: “Martín Carrillo, aunque ya no era Maese de Campo, salió por la ciudad, sin tener ninguna autoridad, mandando que, so pena de muerte, que nadie saliera de su posada. Don Diego, vista la tibieza de los suyos e la poca voluntad que en ellos hallaba para conseguir su deseo, se volvió muy triste a su posada”.
     Luego hubo una reacción popular bochornosa, haciéndonos pensar que quizá el Mozo habría acertado atacando sin contemplaciones a García de Alvarado y a quien lo defendiera: “Al ver el belicoso capitán García de Alvarado cuán prósperamente le había resultado el negocio de la muerte de Sotelo, envió a algunos amigos suyos para que se  ganasen la voluntad de cuantos más pudiesen, e, como la gente de Perú es tan mudable, pues solo buscan su particular interés, viendo que García de Alvarado tenía más fuerza que el que habían elegido como Gobernador, le acudieron con sus armas más de los que se pensó”. Nuevamente Diego de Almagro quiso reaccionar, pero no sin consulta previa, y volvieron a decirle los suyos que había que esperar a momentos mejores. De manera que decidió parlamentar con García de Alvarado, y acordaron entre ellos una tregua. Pero las espadas estaban en alto, y los dos lo disimulaban: “Don Diego, con industria (astutamente), le envió recado de que estuviese en su posada, sin salir de ella porque no era conveniente. García de Alvarado era tan presuntuoso, que poco le importaban las palabras de Don Diego ni sus pensamientos, y, fingidamente, respondió que haría lo que mandaba, y que no saldría de su posada hasta que fuese su voluntad”.

     (Imagen) Por lo que nos cuenta ahora Cieza, se ve que Diego de Almagro el Mozo tenía una trato muy cercano con el burgalés (de origen vasco) PEDRO DE OÑATE, a quien más tarde nombraría Maese de Campo. Conviene no confundirlo con otro Pedro de Oñate muy posterior, fallecido en Lima el año 1646, que no tuvo nada que ver con las armas, pero sí mucho con una excepcional trayectoria como provincial de los jesuitas, misionero, jurista, teólogo, lingüista y escritor. El Pedro que ahora nos ocupa había sido ya un hombre de confianza de Diego de Almagro el Viejo, con quien ejerció de militar y tesorero. Aparecen los dos juntos en Cajamarca después del apresamiento de Atahualpa, por lo que Pedro no figuró en la lista de los beneficiados con el botín. Más tarde, acompañando al brillante Hernando de Soto (quien pronto iba a dirigir su expedición al Misisipi), se dedicó a perseguir a Quizquiz, el último, y heroico, capitán rebelde de Atahualpa que continuó acosando a los españoles tras la muerte de los bravos Rumiñahui y Caracuchima. En 1535 partió con Rodrigo Orgóñez para unirse a Diego de Almagro en la durísima campaña de Chile. Tras la vuelta, Pedro de Oñate luchó contra los Pizarro, y, aunque su jefe,  Almagro, perdió la guerra de las Salinas y fue ejecutado, él estableció su residencia habitual en el Cuzco, teniendo la satisfacción, en 1541, de que el Rey premiara su largo historial de méritos con el brillo de un escudo de armas familiar. Lo veremos pronto ejerciendo su recién estrenado cargo de Maese de Campo en la batalla de Chupas, al servicio de Diego de Almagro el Mozo  y contra el gobernador Vaca de Castro. Tras ser derrotados, PEDRO DE OÑATE huyó, pero el capitán Diego de Rojas le alcanzó en Huamanga y lo degolló. Seis años después, le fueron entregados en Sevilla a su viuda, Beatriz Suárez, los bienes que había dejado en herencia.


lunes, 2 de septiembre de 2019

(Día 925) Cristóbal de Sotelo, muy enfermo, respondió a una provocación de García de Alvarado, y eso le costará la vida.


     (515) Se dirigieron hacia su casa Balsa, García de Alvarado y dos amigos suyos, Juan García, nacido en Guadalcanal, y Diego Pérez de Becerra: “Llegados a la posada de Sotelo, entraron donde tenía su lecho, y después de haber hablado unas palabras, García de Alvarado le preguntó por qué había dicho que no tenía en nada a los Alvarados, lo cual iba en contra de su honra, y le pidió que le diese satisfacción de ello. Además de estar Sotelo enfermo, no había allí ningún amigo ni criado suyo, y, como seguía muy enfermo, le respondió que no estaba en condiciones de darle satisfacción. Juan Balsa, mostrándose en sus palabras favorable a Sotelo, le decía a García de Alvarado que no era tiempo de entender en semejantes cosas, e se levantó para irse. García de Alvarado hizo lo mismo, despidiéndose de Sotelo. Cuando ya se iban, el capitán Sotelo, que era hombre animoso y que en tanto tenía la honra, pensando en lo que acababa de pasar, llamó con voces altas a García de Alvarado y le dijo: ‘No recuerdo haber dicho lo que decís, pero si algo dije, torno a decir que, siendo quien soy, se me da poco por los Alvarados’. Y, cuando García de Alvarado oyó aquello, con gran ira dijo: ‘Juro a Dios que os he de matar, don traidor’. Sotelo, saltando de la cama, dijo: ‘Yo os mataré a vos”.
    Está claro que aquellos hombres no retrocedían ante las manchas de honor, igualito que los gallos de pelea. Ni siquiera Cristóbal Sotelo, uno de los más sensatos capitanes, supo detener a tiempo su instintiva y estúpida reacción, aunque también es cierto que se la tenían jurada, y tratarían de matarlo con cualquier excusa. El gravísimo error de Sotelo fue no tener paciencia para esperar a que se curara su grave crisis de salud: “García de Alvarado, echando mano de su espada, se iba hacia el enfermo Sotelo,  pero Juan Balsa, con mucha ligereza, se abrazó a él. Sotelo entró dentro de una recámara, e salió con una espada y una capa. Habían acudido algunos amigos de García de Alvarado, y tenían cercada la casa. Habiéndole dejado Juan Balsa, García de Alvarado entró buscando a Sotelo, y un criado suyo, llamado Lizcano, que le vio entrar, le arremetió por detrás, abrazándose fuertemente a él. Al ver Sotelo que su enemigo estaba tan cerca, le atacó para matarlo. Juan Balsa le echó mano diciéndole que no hiciese tal cosa, mientras que García de Alvarado, aunque al mozo Lizcano le pesó, se salió de sus manos e le hirió en la cabeza (a Lizcano), y se fue hacia Sotelo para matarlo, e le tiró algunas cuchilladas y estocadas. Por el ruido que hacían, entró Juan García, e le dio tales heridas a Sotelo, que, poco después, quedó muerto en el suelo, teniéndolo asido Juan Balsa, o por evitar que muriese, o por ganas de verle muerto; lo cual creo yo, e tengo por más cierto lo que dicen”.
     La última frase  de Cieza resulta algo confusa, pero, al parecer, él consideraba que Juan Balsa estaba colaborando en el asesinato, y que esa era la opinión general. Ya vimos que, tiempo atrás, también se había extendido el rumor de que Balsa había envenenado a Juan de Rada, y que, sobre ese caso, Cieza no creyó que la acusación tuviera  fundamento. Ahora se despide de Sotelo con gran pesar por su muerte: “De esta manera murió el principal y más acabado varón que había entre los de Chile (los almagristas), y, con su muerte, se vio claramente que todos iban a caer e ser destruidos, pues, si hubiera vivido, pudiera con su prudencia guiar las cosas de manera diferente a como se guiaron”.

     (Imagen) Hemos ido viendo a GARCÍA DE ALVARADO en su ascendente, y violento, protagonismo. Pronto va a morir de forma trágica, y sería injusto no dedicarle algunos comentarios para aclarar su especial personalidad. Fue una mezcla de grandes valores y grandes defectos. Había nacido  en Badajoz el año 1513. Era el lugar de origen de los más famosos Alvarados, aunque uno muy grande, nuestro conocido Alonso de Alvarado, procedía de Cantabria, la verdadera raíz del ilustre apellido. El padre de García también se llamó García de Alvarado, y lucía con orgullo el título de Comendador de la Orden de Santiago en Montijo (Badajoz). Tuvo ocho hijos con dos esposas. El sexto fue nuestro García de Alvarado. Pero, cosa asombrosa, nació el primero su excepcional hermanastro DIEGO DE ALVARADO. Y digo asombrosa porque no podían ser más diferentes. Diego era demasiado perfecto y sensato, y así, sus consejos de prudencia le costaron a Diego de Almagro el Viejo la derrota y la vida. El jovencísimo y valiente GARCÍA DE ALVARADO pasó desapercibido en sus inicios militares dentro de la tropa de Almagro, pero, cuando explotó la bomba de ambiciones que llevaba dentro, quiso llegar a la cima más alta por cualquier medio, y, frecuentemente, con crueldad. Su último gran error fue matar de forma cobarde a su capitán, el mejor, más humano y más sensato de los almagristas, CRISTÓBAL DE SOTELO. Fue un trauma para Diego de Almagro el Mozo, necesitado entonces de ir asentando su autoridad entre las tropas que había dirigido su padre. Pero, a pesar de que García de Alvarado, por su carisma de líder,  tenía muchos seguidores, supo sobreponerse y matar al asesino. Un auténtico drama entre dos jóvenes: Alvarado, con 29 años, y, Almagro, con poco más de veinte.