Queridos amigos: Terminadas, el día 6 de febrero de 2023, las crónicas relativas a Colombia, pasamos a la magnífica que escribió BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO sobre México, donde HERNÁN CORTÉS consiguió lo imposible. (El blog contiene ya 3.950 páginas).
lunes, 16 de septiembre de 2019
martes, 10 de septiembre de 2019
(Día 932) Perálvarez y Tordoya se mostraron molestos por algún recorte en su autoridad, a diferencia de Garcilaso de la Vega, mucho menos puntilloso. Le recibieron con todos los honores a Vaca de Castro en Lima.
(522) Terminada la fiesta, Vaca de Castro le dio al licenciado León el
cargo de Alcalde Mayor de la tropa, lo que suponía una pequeña merma de
autoridad en el puesto de Maese de Campo que le había concedido a Perálvarez
Holguín, porque, aunque quedaba intacta su autoridad militar, no podría
impartir justicia. El puntilloso Perálvarez dio otro pasito de protesta, que,
sumado a alguno precedente y a otros muchos posteriores, acabará con la
paciencia de Vaca de Castro. Esta vez, para contentar a Holguín, aunque sin
quitarle su puesto al licenciado León, le amplió el número de soldados bajo sus
órdenes, diciéndole, además, “que él quería que, en su cargo, nadie mandase más
que él”.
De momento, problema solucionado, pero hubo alguien también molesto, lo
que, al parecer, es frecuente entre militares profesionales: “De esta manera,
no pasaron más cosas entre el Gobernador y su gente, pero el Capitán Gómez de
Tordoya, que tenía enemistad con Perálvarez, a pesar de que le fue dada una
compañía de gente de a caballo (le pareció poco), no quiso usar el cargo, sino ser soldado y
entrar privadamente en la batalla. Y, por ser amigo y pariente del Capitán
Garcilaso de la Vega, le animaba a que tuviese el mismo deseo que él.
Garcilaso, queriendo ver el reino en paz e servir a Su Majestad, solo quiso
hacer, con toda lealtad, lo que le fuese mandado por el Gobernador”.
Tranquilizadas las cosas,
decidieron de inmediato imponer su autoridad en varios sitios, y lo antes
posible. Les pareció a todos urgente ir a ganarse la confianza de los vecinos
de Jauja, y hacia allá enviaron gente bajo el mando del Capitán Diego de Rojas.
Un grupo volvería a Lima con Vaca de Castro para reclutar gente y proveerse de
dinero con el que cubrir los gastos militares. A Pesansúrez le encargaron que
fuera a la ciudad de San Miguel (la primera que se fundó, situada cerca de la
costa ecuatoriana), “e prendiese a un tal Santiago, hombre muy rico,
secuestrándole los bienes y tomándole sus dineros porque se había mostrado
amigo de Don Diego, retornando luego por el camino marítimo a Lima”. A
Perálvarez y a Alonso de Alvarado, les ordenó Vaca de Castro que se situasen
con sus tropas en Jauja, y le esperasen allí hasta que él volviera de Lima. Él
también se puso en marcha, y, como era habitual, mandó por delante mensajeros
para avisar a los vecinos de su llegada:
“Como todos los que estaban en la Ciudad de los Reyes eran amigos del Marqués Pizarro, holgáronse
mucho de saber que venía, e le hicieron un gran recibimiento”.
Cieza da algunos nombres de las autoridades que le acogieron con
entusiasmo: “El licenciado Benito Suárez de Carvajal, que allí estaba, salió a
recibirlo, y lo mismo el factor Illán Suárez de Carvajal, su hermano, y el
Capitán Diego de Agüero, e Alonso de Riquelme, Tesorero, e Jerónimo de Aliaga,
el Teniente de Gobernador, e los Regidores, y, con ellos, el gobernador Barrionuevo.
El Factor, en nombre de todos, le dijo que fuese tan bienvenido como lo fue el
Gran Capitán en Italia, e que todos los caballeros de aquella ciudad harían lo
que conviniese al servicio de su Majestad. Vaca de Castro lo agradeció y mostró
holgarse con lo que el Factor le dijo”.
(Imagen) Según dije, hay varias opiniones sobre por qué Manco Inca
acogió a los almagristas huidos tras su derrota en la batalla de Chupas. Como
son contradictorias, las dejaré de lado, pero es posible que Manco los viera como
aliados suyos contra los españoles fieles al Rey. Lo cierto es que estuvieron
unos tres años bajo la protección del rebelde inca, y que aquello no podía
acabar bien. Oigamos lo que Titu Cusi Yupanqui cuenta en su crónica (la de la imagen): “Después de
estar estos españoles algunos años en
compañía de mi padre, estaban un día jugando al herrón, solos mi padre, ellos y
yo (tendría unos diez años), y, entonces, descargaron todos sobre él,
con puñales, cuchillos y algunas espadas, y mi padre, como se sintió herido,
con la rabia de la muerte procuraba defenderse. Mas, como estaba él solo y
ellos eran siete, y mi padre no tenía ninguna arma, al fin le derrocaron al
suelo con muchas heridas, y le dejaron por muerto. Como yo era pequeño y vi
tratar a mi padre de esa manera, quise ir a guarecerle, pero volviéronse contra
mí muy enojados, arrojándome un golpe de lanza, que faltó poco para que me
mataran a mí también. Espantado de aquello, hui por unos montes abajo. Luego
unos indios que llegaron con el capitán Rimache Yupanqui apresaron a los
españoles para hacer sacrificio con ellos. A todos los cuales dieron muy crudas
muertes, y a algunos quemaron, y aún después de esto vivió el dicho mi padre
tres días”. En las crónicas, se suele dar el principal protagonismo del ataque
a Diego Méndez y a Gómez Pérez. Le sucedió a Manco Inca en el poder imperial su
hijo Titu Cusi, y, a la muerte de este, su hermanastro, el mítico Tupac Amaru, a
quien el año 1570 ejecutó el gran virrey Francisco de Toledo, logrando así poner
fin a la rebeldía inca.
lunes, 9 de septiembre de 2019
(Día 931) Muchos se alegraron de la muerte de García de Alvarado. Cieza ve la mano de Dios en los castigos que van sufriendo los almagristas, entre otras cosas, por haber matado a Pizarro.
(521) Cieza no muestra ninguna piedad por el difunto: “La muerte de
Alvarado trajo gran regocijo a la mayoría de los almagristas, porque, por su
demasiada presunción e soberbia, le querían mal, y al fin vino a morir una
muerte conforme a la vida que vivió, y pagó haber tomado parte en la muerte del
Marqués, y por sus robos y crueldades que hizo y muerte que dio a Sotelo. Y,
sobre todo, porque, a costa del mozo Don Diego y de los demás, quería conseguir
fama e gozar del perdón. Era García de Alvarado caballero de veintinueve años,
de hermoso aspecto y de cuerpo bien dispuesto, ambicioso, soberbio, de gran
presunción e muy vano, valiente y muy animoso,
amigo de gente soez y apegado a sus consejos”.
Cieza, que vivió aquello tan de cerca, conociendo incluso a muchos de
sus protagonistas, se lamenta una y otra vez por la fatalidad y la violencia
con que se desarrollaron las guerras civiles. Ahora carga contra la ceguera de
los almagristas, que, como siempre, achaca a la justicia divina: “Bien parece
que Nuestro Señor quiso que las exequias del Marqués Pizarro fuesen celebradas
con la sangre de los principales culpables de su muerte y de tan grande
atrocidad como fue la que hicieron. Mirando las muertes tan desastradas de
Francisco de Chávez, Juan de Rada, Cristóbal Sotelo e García de Alvarado, que
eran las cabezas principales de los almagristas, me asombro de que los
promovedores de sediciones y tiranos que se han alzado (después) no
hayan tomado a estos como ejemplo, para alejar de sí cosa tan inicua e fea como
es usurpar el reino a su señor natural; pero la gente del Perú no sabe escarmentar
en cabeza ajena”. A pesar de su admiración por Cristóbal de Sotelo, también lo
incluye en el lote de los justamente castigados. Cieza sabe muy bien, y así lo
dijo, que Sotelo lamentó el asesinato de Pizarro, pero por considerarlo
prematuro, ya que convenía esperar a ver qué decisiones iba a tomar el
gobernador Vaca de Castro. Por otra parte, tiene razón al juzgarlo como
rebelde, puesto que luchaba para que Diego de Almagro el Mozo se apoderara de
la gobernación de Perú. Digamos que fue un rebelde por comprensible y loable
fidelidad a los que siempre fueron los suyos, los almagristas. Atrapado, pues,
por el destino con la fatalidad de las tragedias griegas.
Cieza nos va a mostrar a continuación los incesantes movimientos
estratégicos de los dos bandos, sin que faltaran incidentes internos en cada
uno de ellos. Vaca de Castro, que estaba asentado, como vimos, en Huaraz, después
de haber organizado la estructura jerárquica de sus tropas, les dio a todos un
pequeño respiro celebrando una breve fiesta: “Les dijo a sus capitanes que se
regocijasen y alegrasen, pues la merced que les había hecho Dios al juntarlos a
todos había sido muy grande. Oído lo cual por ellos, ordenaron juegos de cañas
y sortija, y el Gobernador los convidó a su aposento”.
(Imagen) Nos queda por comentar el destino de otros dos conspiradores
del grupo de ‘Caballeros de la Capa’. Sabían perfectamente que, tras la batalla
de Chupas, iban a ser condenados a muerte por organizar el asesinato de
Pizarro. Se trata de DIEGO MÉNDEZ y de GÓMEZ PÉREZ, el primero, con gran
protagonismo en las guerras civiles, y, además, hermano del magnífico y trágico
capitán almagrista Rodrigo Orgóñez. (Comenté hace poco que, por fin, pude
diferenciarlo de otro Diego Méndez bastante más joven). Sin embargo, el
segundo, Gómez Pérez, dejó poco rastro en las Indias, salvo en dos hechos
fundamentales que compartió con Diego: las muertes de Pizarro y del rebelde
dirigente indígena Manco Inca. Cuando él y Diego Méndez huyeron tras la derrota
de Chupas, acompañados de otros cinco almagristas, solo vieron como posible
salvación buscar el amparo de Manco Inca, que se había refugiado con sus indios
en los Andes. El gran cacique les recibió bien. Hay varias versiones
contradictorias sobre las razones de esa buena acogida y de lo que pasó
después. Está comprobado que permanecieron en el lugar varios años, que los
españoles mataron a Manco Inca (en la imagen, que es del siglo XVI, solo
aparece Diego Méndez, pero también intervino Gómez Pérez), y que luego fueron
todos masacrados por sus indios. A Manco Inca le sucedió en el poder su hijo,
el cristianizado Titu Cusi Yupanqui, y contó los hechos, de forma muy creíble,
en una crónica. Cuando ocurrió, Manco Inca y los españoles estaban jugando al
‘herrón’ (cuya habilidad consiste en lanzar una herradura y encajarla en un
clavo fijo). Es evidente que Titu Cusi siempre narra dejando en buen lugar a
los incas, pero todo indica que, en este caso, revela básicamente la verdad.
Dejaremos que, en la próxima imagen, nos explique con más detalle la tragedia.
sábado, 7 de septiembre de 2019
(Día 930) El bravucón García de Alvarado entró ingenuamente en la casa de Diego de Almagro, quien le dio la primera estocada, y lo remataron sus hombres.
(520) Se acercaba la hora del convite. Alvarado le envió un mensajero a
Almagro para decirle que todo estaba preparado, y le contestó que se encontraba
muy mal, pero que, no obstante, iría más tarde: “Cuando lo supo, a García de
Alvarado le pareció de mala crianza no ir a por él, y, yendo de camino
acompañado de su gente, se encontró con Martín Carrillo, harto amigo suyo y
enemigo de don Diego, quien, sabiendo a dónde iba, le dijo que se volviese
porque sería su perdición, pues, si entraba a la casa de don Diego, le había de
matar. Le contestó que no tenía ningún miedo. Cuando llegó a la puerta de la
posada de don Diego y vio tantos arcabuceros, se turbó. Ellos le hicieron la
salva sin ninguna pelota, con lo cual se
tranquilizó, y siguió adelante. Entonces los arcabuceros cargaron con pelotas
sus arcabuces”.
A García de Alvarado lo van a atrapar como a un ratón en el cepo: “Yendo
acompañado de todos sus amigos, llegó a la sala de Don Diego, estando junto a
la puerta su Capitán de la Guardia, Juan de Guzmán, y entró de rondón con tres
o cuatro amigos suyos. Entonces el capitán Juan de Guzmán cerró la puerta bien
apretada con una alabarda, para que no entrasen los demás que habían venido con
él. Don Diego se levantó del lecho en el que estaba recostado, diciendo a
grandes voces a los que estaban con él: ‘Ea, caballeros, vamos a cenar’. García
de Alvarado dijo: ‘¿Qué ha sido de la indisposición de vuestra señoría?, pues
estoy muy turbado de que haya tenido algún mal’. Don Diego le contestó que ya
no era nada, que bien podían ir a cenar”.
Acto seguido, se pasó a la acción: “Entonces se juntó con Don Diego su
Teniente General, Juan Balsa, arremetió contra García de Alvarado, y,
abrazándose con él, le dijo: ‘Sed preso en nombre del Rey’. Don Diego, echando
mano a su espada, dijo: ‘Preso, no, sino muerto’. Y, diciendo esto, le dio una
mala herida en la cabeza, e los que allí estaban descargaron más golpes sobre
él, y le pasaron con muchas estocadas el cuerpo. Luego cayó muerto en tierra, y
pagó con ello la muerte que él le dio a
Cristóbal de Sotelo. Sus amigos, al saber lo que pasaba, espantados de tan
extraño acaecimiento, iban unos por unas partes e otros por otras, para
esconderse entre los edificios de la ciudad”.
Luego ocurrió algo frecuente en aquellos vaivenes de fidelidades e
infidelidades, donde se mataba sin piedad y se perdonaba sensatamente cuando lo
exigía el interés político: “Don Diego, como solamente quería castigar a García
de Alvarado y ya lo tenía muerto,
decidió perdonar a todos los que se le mostrasen como amigos, y así muchos
vinieron a besarle las manos y a ofrecerse de
nuevo a su servicio”. Es de suponer que algunos de los más íntimos de
García de Alvarado, como el retorcido Martín Carrillo, estarían llenos de
negros pensamientos.
(Imagen) Hablemos de los doce Caballeros de la Capa ridiculizados por
los pizarristas en Lima (pero muy valiosos personajes). Sus vidas acabaron de
forma trágica. Todos planearon el asesinato, pero algunos no participaron
directamente en la terrible ejecución
del viejo y enfermo Pizarro. Murió matando, lo cual resulta casi
incomprensible porque tenía ya unos 64 años, y, según la autopsia que se hizo
en Lima a sus restos el año 1984, había recibido doce sablazos, seis de ellos
mortales. Veamos la lista: CRISTÓBAL DE SOTELO, conspirador pero no autor del
crimen, fue, como ya sabemos, asesinado por GARCÍA DE ALVARADO, otro de los
doce, a quien vemos ahora ejecutado por Diego de Almagro el Mozo. También
sabemos que a FRANCISCO DE CHÁVEZ lo mató el capitán almagrista Juan de Rada
por su estúpida rebeldía a cuenta de la adjudicación de una muchacha india.
PEDRO DE SAN MILLÁN (nuestro protagonista de la imagen anterior) sobrevivió a
la batalla de Chupas, pero Vaca de Castro, tras apresarlo, les confió al
licenciado Antonio de la Gama y al gran Alonso de Alvarado juzgarlo junto a
otros responsables del asesinato de Pizarro, y, lo mismo que a los demás, se le
degolló, descuartizando después su cuerpo y exponiendo sus restos en distintos
sitios, como se solía hacer para escarmiento público. Con descuartizamiento o
sin él, corrieron la misma suerte MARTÍN CARRILLO, MARTÍN DE BILBAO, JERÓNIMO
DE ALMAGRO, DIEGO DE HOCES y JUAN RODRÍGUEZ BARRAGÁN. El caso de JUAN TELLO DE
SOTOMAYOR fue ligeramente distinto. No lo ejecutaron porque murió en la batalla
de Chupas, pero Vaca de Castro ordenó recoger su cuerpo y descuartizarlo para
exposición pública. Dejo aparte para la imagen siguiente a otros dos, DIEGO
MÉNDEZ y GÓMEZ PÉREZ, porque su historia se complicó mucho, aunque también
acabó en tragedia.
viernes, 6 de septiembre de 2019
(Día 929) El plan de García de Alvarado era matar a Diego de Almagro y unirse a Vaca de Castro. Le invitó a una fiesta para hacerlo, y Diego de Almagro fingió aceptar para tenerlo confiado y matarlo a él.
(519) Pero a García de Alvarado le van a ganar la partida: “Estaba en
este tiempo en compañía de Juan Balsa un soldado llamado San Millán, natural de
Segovia, de la familia de los Bocudos, mercaderes muy ricos, que se había
hallado en la muerte del Marqués Pizarro, muy liberal y en extremo gastador, e,
como viese nombrado por General a García de Alvarado, quiso ofrecerse a su
amistad e servicio, y le rogó que él y sus amigos quisiesen recibir un convite
en su posada. García de Alvarado, viendo que las palabras que le decía eran con
buena intención, sin mezcla de ninguna malicia, le respondió que le contentaba
hacer lo que le había rogado”.
En lo que dice a continuación Cieza, se nos aclara nítidamente la duda
que había expuesto anteriormente. Los planes de García de Alvarado y sus
hombres eran sibilinos: “Le dijo a San Millán que aparejase la celebración para
el día que quisiese, porque deseaba convidar a Don Diego para tener amistad
entre todos. Dicen algunos que García de Alvarado habló con sus amigos de que
habían de matar a Diego Méndez, Alonso de Saavedra, Diego de Hoces, Juan
Gutiérrez Malaver y otros capitanes e soldados que se tenían por amigos de
Sotelo, e incluso al mismo Don Diego de Almagro determinaron matar, y, después
de hechas estas muertes, enviar mensajeros a Vaca de Castro, para que,
entregándole las tropas e dándole la obediencia, le nombrase capitán, para que
pudiese con sus amigos ir a descubrir alguna parte remota e ignota de estos
reinos”. Nunca se sabrá si la siniestra idea, de llevarse a cabo, hubiera sido aprobada por Vaca de Castro, o bien
rechazada de plano, y castigada bajo el lema de “Roma no paga a traidores”.
García de Alvarado se mostraba eufórico con el plan, y le pidió
cordialmente a Diego de Almagro que se uniera a la fiesta llevando también a
sus capitanes, “pues era razonable que todos se holgasen”. Una mentira de ese
calibre necesitaba un actor genial. Y parece ser que Alvarado no lo era: “Don
Diego comprendió muy bien que no le decía aquello con sinceridad ni con buena
voluntad, mas, pareciéndole que podría utilizarlo para matar a García de
Alvarado, le respondió graciosamente que le agradaba ir al convite, pues estaba
bien que se regocijasen y mostrasen alegría. Diego de Almagro volvió a su posada,
y habló con sus amigos diciéndoles que estuviesen preparados para darle la
muerte a García de Alvarado en aquel convite. Llegó la tarde, y Don Diego, a
hora de vísperas, se recogió en su cámara, y con él aquellos que habían de
matar a García de Alvarado. Recostado en su lecho, fingió estar mal dispuesto,
a fin de que García de Alvarado viniera para querer llevarle al convite, donde
cada uno pensaba hacer su hazaña”.
Era como una funesta partida de naipes en la que los dos hacían trampas:
“Don Diego le mandó a Marticote hacer la guardia aquella noche, y que
estuviesen los soldados bien provistos de pelotas para lo que sucediese.
Marticote envió a su alférez con cincuenta arcabuceros, y, llegados a la puerta
de la casa
de Don Diego, secretamente les
dijeron que hiciesen la primera salva sin pelotas, y, al segundo tiro, tirasen
con ellas”.
(Imagen) El segoviano PEDRO DE SAN MILLÁN, escribano y soldado, tomó
parte en el apresamiento de Atahualpa, y también de su botín. Más tarde se
unió, para siempre, a las tropas de Almagro, con el que estuvo en la dura y
fracasada campaña de Chile. Derrotado junto al triste anciano en la batalla de las
Salinas, los pizarristas le arrebataron todas las riquezas que tenía en el
Cuzco. Se trasladó a Lima, padeciendo la miseria y el desprecio que allí
sufrían sus compañeros de armas. Consiguió una desvencijada vivienda, en la que
empezaron a reunirse doce almagristas que mantenían vivo su odio contra los
vencedores, y fantaseaban con la posibilidad de matar a Pizarro. Todos
arruinados, solo poseían una capa, prenda habitual al salir de casa, y se la turnaban
cuando tenían que hacerlo. El ‘gracioso’ Antonio Pizado, Secretario de Pizarro,
empezó a llamarlos los Caballeros de la Capa, y el escarnio tuvo éxito popular.
Lo que no se imagina Picado era que, poco después, los ridiculizados le iban a
cortar la risa en seco, dándole, como vimos, un triste final. A los doce los
vamos conociendo, y llama la atención que, estando tan unidos, algunos llegaran
a odiarse hasta el punto de matarse entre ellos. Pedro de San Millán fue
determinante para que no fracasara la ejecución de Pizarro, puesto que, ya todos
en la calle, evitó que se echaran atrás. Cometido el asesinato, Pedro volvió a
hacerse rico rápidamente, quizá por una habilidad heredada, ya que pertenecía a
una familia de acaudalados mercaderes segovianos, llamados los Bocudos (‘de boca
grande’), quienes eran, casi con seguridad, de origen judío (había muchos en
Segovia), siendo común entre los conversos ponerse como apellido el nombre de algún
santo. Veremos enseguida que Pedro de San Millán murió pronto y de mala manera.
jueves, 5 de septiembre de 2019
(Día 928) Diego de Almagro el Mozo, manteniendo su intención de matarlo, le otorgó a García de Alvarado la máxima autoridad militar. Alvarado se entusiasmó, pero, por consejo de sus hombres, siguió pensando en matar al Mozo.
(518) La intención de García de Alvarado era muy retorcida: “Creyó que
Juan Balsa le respondería desabridamente, con lo cual tuviera ocasión de
matarlo. Mas Juan Balsa, que muy sobre aviso estaba, le respondió muy
blandamente, diciéndole que, si Don Diego no le había indicado en la provisión
el poder de nombrar y deshacer capitanes, sería por no darse cuenta el
escribano, y que, si él mismo (Alvarado) mandaba escribir la provisión,
pronto se la traería firmada por Don Diego”. Para desactivar las posibles
torcidas intenciones de García de Alvarado, Balsa se hizo el desprendido: “Le dijo que deseaba ser General
porque sabía que sería provechoso para casi todos, pero, aunque Don Diego ya le
había dado el cargo, lo desechaba porque deseaba que él solo (Alvarado)
fuese el señor y superior de todos, ya que era bien querido de la gente. Estas
cosas de buena crianza le dijo Juan Balsa, como hombre que era muy caudaloso de
ellas, bajo un velo de astucia y gran cautela. García de Alvarado, creyendo lo
que Juan Balsa le decía, le respondió que le había llamado para matarlo, pero
que, conocido su buen deseo, le tendría siempre por amigo verdadero, y que le
rogaba que le trajeran la provisión que le pedía al Gobernador Don Diego, y que
le hiciese entender cuán amigo y servidor suyo era”.
Cuando Juan Balsa fue a la casa de Diego de Almagro y le puso al corriente
sobre lo ocurrido, se vio el joven gobernador, una vez más, obligado a hacer
algo que le repugnaba: “Sus capitanes le aconsejaron que enviase a García de
Alvarado la provisión que pedía, y que, habiendo lugar y tiempo convenible para
ello, lo matase. Don Diego, pareciéndole que con ello perdía su autoridad, no
lo quería hacer, mas, mirando que convenía así, mandó preparar la provisión del
arte que García de Alvarado pedía, e, después de haberla firmado, se la envió”.
Al recibir el documento, Alvarado, tan valiente y peleón como ingenuo, lo
celebró públicamente: “Se sintió contento y seguro. Salió bien acompañado a la
plaza de la ciudad, donde fue pregonado su nombramiento al son de muchas
trompetas, e fue recibido como General por toda la gente de guerra. Mientras
tanto, Don Diego deseaba que llegara el momento en el que pudiera matarlo,
porque temía que quisiese hacer de él lo mismo que había hecho de Cristóbal de
Sotelo”.
Entonces, los hombres de García de Alvarado le propusieron algo que
puede tener una doble interpretación: “No dejó de haber grandes sospechas entre
los de ambos bandos, y algunos soldados le insistían a García de Alvarado para
que matase a Don Diego, y luego fuese con su ejército a buscar a Vaca de
Castro. Como era tan inconstante e mancebo muy animoso, no dudó en hacer
aquello que le aconsejaban sus amigos, matar a Don Diego”. Es de suponer que la
idea era matarlo y después ir a luchar contra Vaca de Castro, pero cabe la
interpretación de que pensaran en hacer las paces con él, esperando su
agradecimiento por haber eliminado al cabecilla de los almagristas.
(Imagen) Estamos ahora contemplando la lucha interna entre los
almagristas, como si no les bastara la amenaza permanente de los pizarristas, y
tener en contra, por añadiduda, al representante del Rey, Cristóbal Vaca de
Castro. El desenfrenado García de Alvarado, después de haber matado a Cristóbal
de Sotelo, quería hacer lo mismo con
Diego de Almagro el Mozo y con varios amigos del asesinado. Uno de ellos era el
capitán DIEGO DE HOCES, quizá nacido en la bella e histórica Baeza (Jaén), pues
allí existe una calle con ese nombre. Luchó con los almagristas en la batalla
de las Salinas, manteniéndoles después su fidelidad tras la derrota y ejecución
de Almagro, hasta el punto de que participó en el asesinato de Pizarro.
Derrotado nuevamente en la batalla de Chupas, no le sirvió para nada poder
huir, porque fue apresado, detenido por Diego de Rojas, y ejecutado por el
licenciado Antonio de la Gama. A veces se le confunde con otro Diego de Hoces que
nada tuvo que ver con las Indias, y ni siquiera con batallas militares, aunque
sí participó en una de gran calibre, pero de carácter espiritual. Nació en
Málaga en 1490. Siendo muy joven, coincidió en la universidad de Alcalá de Henares
con un tal Íñigo, que luego pasó a la Historia como San Ignacio de Loyola.
Mucho tiempo después, siendo Diego ya sacerdote, se encontraron de nuevo, esta
vez en Venecia, y quedó seducido por lo que bullía en la cabeza y el corazón de
Ignacio, un entusiasta, sin fisuras, del espíritu católico, tan vapuleado
entonces por Lutero. Los contactos de Diego en Roma fueron vitales para que el
papa Paulo III, en 1540, aprobara la fundación de la Compañía de Jesús,
entonces con solo once miembros, Ignacio y Diego incluidos. Poco después, el
mismo año en que fue asesinado Pizarro, murió este Diego de Hoces, quedando
algo desdibujado su recuerdo como fundador.
miércoles, 4 de septiembre de 2019
(Día 927) García de Alvarado no cesaba de mostrarse desafiante. Diego de Almagro el Mozo lo nombró General para aplacarlo, pero con la intención oculta de matarlo.
(517) Así las cosas, el interior de Diego de Almagro el Mozo hervía de
rabia viendo que se tomaba a broma su autoridad como Gobernador. Era evidente
que García de Alvarado trataba de quitarle el puesto. Va a ser la ocasión para
dejar claro que, a pesar de su juventud, conseguirá tomar, tras varios rodeos,
las riendas de aquel caballo que se le iba desbocando: “Don Diego, que estaba
bravamente resentido por la desvergüenza de García de Alvarado, pensaba de qué
modo podría satisfacer su voluntad, para que ninguno, visto el ejemplo de
Alvarado, quisiese intentar otra traición como la que él había hecho”.
El primer paso que dio no fue muy acertado, y resulta sorprendente
(Cieza se asombra), porque va a confiar demasiado en alguien que no daba la
talla: “Llamando a consulta a los Capitanes e soldados viejos que tenían entera
confianza en él, por haber seguido las banderas de su padre, fue nombrado
Capitán General, con el parecer de todos
ellos, Juan Balsa, hombre indigno de que se le diese tal cargo, y la compañía
de Cristóbal Sotelo fue encargada a Diego Méndez, porque se supo que tenía
enemistad con García de Alvarado”.
Todo se enredará de manera funesta, aunque el temor a un ataque de los
pizarristas paralizó, de momento, el conflicto personal. Por consejo de sus
hombres fieles, Diego de Almagro decidió enfriar el asunto: “Hubo mediadores de
paz entre él y García de Alvarado, quien le pidió que le hiciese su Capitán
General, y le diese poder para gobernar en su nombre el campo. Don Diego, como
deseaba castigar a Alvarado e viese que no podía por otra vía, acordó nombrarle
su General, y les dijo a Juan Balsa y a otros que lo haría, con cautela y
astucia, para matarlo”.
Pero no se fiaban el uno del otro, y García de Alvarado estaba dispuesto
a apostar aún más fuerte: “Don Diego le mandó una provisión por la que le
nombraba General y Teniente de Gobernador. Cuando se la llevaron, al ver que no
le daba poder para quitar e poner capitanes, la rasgó diciendo palabras feas
contra Don Diego”. Y no paró ahí la cosa: “Como había oído decir que Juan Balsa
había sido nombrado General, Alvarado imaginó que procuraba que Don Diego no le
concediese todo el poder que él pedía. Y, por esto, habló con algunos amigos
suyos para que estuviesen preparados para matar a Juan Balsa, porque él pensaba
llamarlo para que le diesen puñaladas, y ellos respondieron que cumplirían su
mandato”.
García de Alvarado puso en marcha de su plan, pero, una vez más, los
nubarrones pasarán, de momento, de largo. Le envió un mensajero a Juan Balsa rogándole
que fuese a su posada porque quería hablar con él. Aun sabiendo que corría un
riesgo, Balsa decidió presentarse y lograr, con palabras amables, convencerlo de
que saliese de donde estaba, con el fin de que el Mozo lo pudiera matar. Cuando
llegó, García de Alvarado le expuso las quejas previsibles, afirmando que había
sido injustamente tratado, y privado del poder que merecía por su historial al
servicio de Don Diego de Almagro. Y terminó diciéndole: “Si Don Diego me
enviase la provisión con todos los poderes que yo pido, me tendrá tan a su
servicio como lo he estado desde que el viejo Marqués (también Almagro tuvo
el título) fue asesinado”.
(Imagen) Entre los capitanes que le aconsejaban prudencia a Diego de
Almagro el Mozo para que esperara el momento oportuno de matar a García de
Alvarado, estaba el madrileño FELIPE GUTIÉRREZ Y TOLEDO. Hablé de él en dos
imágenes anteriores. Había llegado a Perú desde la zona de Veragua
(Centroamérica) tras haber fracasado allí en la gobernación que tenía
concedida. En las cartas que le envió al Rey, le vimos muy prudente y
negociador en su deseo de solucionar el conflicto entre Pizarro y Almagro, pero
también ambicioso. Habrá que decir algo de su parte oscura. Es evidente que su
intención de permanecer equidistante entre Pizarro y Almagro no la mantuvo, ya
que aparece ahora incorporado en el ejército de Diego de Almagro el Mozo, a
pesar de la brutalidad con la que acababan de asesinar sus hombres a Francisco
Pizarro. También es posible que él se hiciera almagrista como consecuencia de
otra brutalidad: la indigna ejecución de Diego de Almagro el Viejo. Pero él
mismo, como jefe de la campaña de Veragua, tuvo un comportamiento excesivamente
duro, aunque la desesperación y los sufrimientos de aquella fracasada aventura
pudieran mitigar algo su culpa. Sufrieron duros ataques de los indios, un
contagio de peste y un hambre atroz, pese a lo cual Gutiérrez les vendía a sus
hombres víveres a precios abusivos. Era tal el calvario de sus carencias, que
unos desgraciados soldados comieron carne humana, no solo de indios muertos,
sino también de españoles, y el castigo de Gutiérrez fue inhumano: ordenó
quemar a dos soldados y marcar a otros dos con un hierro candente,
convirtiéndolos en esclavos. Pudo salir de aquel infierno en una nave, pero
dejando abandonada a su suerte a una parte de su tropa. Muerto Almagro el Mozo,
partió con una expedición pizarrista a la zona de Tucumán, pero, a su vuelta,
fue ejecutado el año 1544 por orden de Gonzalo Pizarro, quien se tomó como una
traición que no quisiera secundarle en su rebelión contra el Rey.
martes, 3 de septiembre de 2019
(Día 926) Diego de Almagro el Mozo estuvo a punto de castigar a García de Alvarado, pero desistió porque le aconsejaron que no lo hiciera, lo cual hizo crecer el descaro de Alvarado.
(516) Para la mayoría de los almagristas, la muerte de Cristóbal de
Sotelo fue un verdadero drama, ya que eran conscientes de que se quedaban como
huérfanos y desvalidos por la pérdida del hombre más valioso de sus tropas, y,
además, de manera bien estúpida. La ira contra García de Alvarado fue general:
“Muchos recibieron tanta pena, que no pudieron dejar de mostrarla, por el
aspecto de sus rostros e por las lágrimas que de sus ojos salían. Fueron a la
posada de Don Diego de Almagro, llamando vil e cobarde a García de Alvarado,
pues, estando tan enfermo Cistóbal de Sotelo, le había matado. Deseaban tener
en sus manos al traidor para darle muerte. Don Diego de Almagro recibió gran
turbación porque algunos le dijeron que García de Alvarado quería hacer lo
mismo con él, y alzarse con el campo. Y, aunque Don Diego no mostró flaqueza
ninguna, y quería ir a prender o matar a Alvarado, le dijeron que entrase en
las casas de Pedro de Oñate, que después fue Maese de Campo, desde donde mandó
dar alarma a la ciudad, y salió, con los que acudieron, a la plaza, para, desde
allí, atacar las casas donde estaba
García de Alvarado”.
Sin embargo, le aconsejaron (y, al parecer, equivocadamente) que no lo
intentara: “El capitán Felipe Gutiérrez y otros caballeros prudentes le dijeron
que no era tiempo de dar lugar a muertes, ni a que surgiera algún motín contra
él, pues algunos capitanes e muchos soldados tenían amistad verdadera con
García de Alvarado. Y, por estos dichos, Don Diego de Almagro desistió de
hacerlo”.
No faltó la chulería de un desalmado al que ya conocemos: “Martín
Carrillo, aunque ya no era Maese de Campo, salió por la ciudad, sin tener
ninguna autoridad, mandando que, so pena de muerte, que nadie saliera de su
posada. Don Diego, vista la tibieza de los suyos e la poca voluntad que en
ellos hallaba para conseguir su deseo, se volvió muy triste a su posada”.
Luego hubo una reacción popular bochornosa, haciéndonos pensar que quizá
el Mozo habría acertado atacando sin contemplaciones a García de Alvarado y a
quien lo defendiera: “Al ver el belicoso capitán García de Alvarado cuán
prósperamente le había resultado el negocio de la muerte de Sotelo, envió a
algunos amigos suyos para que se ganasen
la voluntad de cuantos más pudiesen, e, como la gente de Perú es tan mudable,
pues solo buscan su particular interés, viendo que García de Alvarado tenía más
fuerza que el que habían elegido como Gobernador, le acudieron con sus armas más
de los que se pensó”. Nuevamente Diego de Almagro quiso reaccionar, pero no sin
consulta previa, y volvieron a decirle los suyos que había que esperar a
momentos mejores. De manera que decidió parlamentar con García de Alvarado, y
acordaron entre ellos una tregua. Pero las espadas estaban en alto, y los dos
lo disimulaban: “Don Diego, con industria (astutamente), le envió recado
de que estuviese en su posada, sin salir de ella porque no era conveniente.
García de Alvarado era tan presuntuoso, que poco le importaban las palabras de
Don Diego ni sus pensamientos, y, fingidamente, respondió que haría lo que
mandaba, y que no saldría de su posada hasta que fuese su voluntad”.
(Imagen) Por lo que nos cuenta ahora Cieza, se ve que Diego de Almagro
el Mozo tenía una trato muy cercano con el burgalés (de origen vasco) PEDRO DE
OÑATE, a quien más tarde nombraría Maese de Campo. Conviene no confundirlo con
otro Pedro de Oñate muy posterior, fallecido en Lima el año 1646, que no
tuvo nada que ver con las armas, pero sí mucho con una excepcional trayectoria
como provincial de los jesuitas, misionero, jurista, teólogo, lingüista y
escritor. El Pedro que ahora nos ocupa había sido ya un hombre de confianza de
Diego de Almagro el Viejo, con quien ejerció de militar y tesorero. Aparecen
los dos juntos en Cajamarca después del apresamiento de Atahualpa, por lo que
Pedro no figuró en la lista de los beneficiados con el botín. Más tarde,
acompañando al brillante Hernando de Soto (quien pronto iba a dirigir su expedición al Misisipi), se
dedicó a perseguir a Quizquiz, el último, y heroico, capitán rebelde de
Atahualpa que continuó acosando a los españoles tras la muerte de los bravos Rumiñahui
y Caracuchima. En 1535 partió con Rodrigo Orgóñez para unirse a Diego de Almagro
en la durísima campaña de Chile. Tras la vuelta, Pedro de Oñate luchó contra
los Pizarro, y, aunque su jefe, Almagro,
perdió la guerra de las Salinas y fue ejecutado, él estableció su residencia
habitual en el Cuzco, teniendo la satisfacción, en 1541, de que el Rey premiara
su largo historial de méritos con el brillo de un escudo de armas familiar. Lo
veremos pronto ejerciendo su recién estrenado cargo de Maese de Campo en la
batalla de Chupas, al servicio de Diego de Almagro el Mozo y contra el gobernador Vaca de Castro. Tras
ser derrotados, PEDRO DE OÑATE huyó, pero el capitán Diego de Rojas le alcanzó
en Huamanga y lo degolló. Seis años después, le fueron entregados en Sevilla a
su viuda, Beatriz Suárez, los bienes que había dejado en herencia.
lunes, 2 de septiembre de 2019
(Día 925) Cristóbal de Sotelo, muy enfermo, respondió a una provocación de García de Alvarado, y eso le costará la vida.
(515) Se dirigieron hacia su casa Balsa, García de Alvarado y dos amigos
suyos, Juan García, nacido en Guadalcanal, y Diego Pérez de Becerra: “Llegados
a la posada de Sotelo, entraron donde tenía su lecho, y después de haber
hablado unas palabras, García de Alvarado le preguntó por qué había dicho que
no tenía en nada a los Alvarados, lo cual iba en contra de su honra, y le pidió
que le diese satisfacción de ello. Además de estar Sotelo enfermo, no había
allí ningún amigo ni criado suyo, y, como seguía muy enfermo, le respondió que
no estaba en condiciones de darle satisfacción. Juan Balsa, mostrándose en sus
palabras favorable a Sotelo, le decía a García de Alvarado que no era tiempo de
entender en semejantes cosas, e se levantó para irse. García de Alvarado hizo
lo mismo, despidiéndose de Sotelo. Cuando ya se iban, el capitán Sotelo, que
era hombre animoso y que en tanto tenía la honra, pensando en lo que acababa de
pasar, llamó con voces altas a García de Alvarado y le dijo: ‘No recuerdo haber
dicho lo que decís, pero si algo dije, torno a decir que, siendo quien soy, se
me da poco por los Alvarados’. Y, cuando García de Alvarado oyó aquello, con
gran ira dijo: ‘Juro a Dios que os he de matar, don traidor’. Sotelo, saltando
de la cama, dijo: ‘Yo os mataré a vos”.
Está claro que aquellos hombres no retrocedían ante las manchas de
honor, igualito que los gallos de pelea. Ni siquiera Cristóbal Sotelo, uno de
los más sensatos capitanes, supo detener a tiempo su instintiva y estúpida reacción,
aunque también es cierto que se la tenían jurada, y tratarían de matarlo con
cualquier excusa. El gravísimo error de Sotelo fue no tener paciencia para
esperar a que se curara su grave crisis de salud: “García de Alvarado, echando
mano de su espada, se iba hacia el enfermo Sotelo, pero Juan Balsa, con mucha ligereza, se
abrazó a él. Sotelo entró dentro de una recámara, e salió con una espada y una
capa. Habían acudido algunos amigos de García de Alvarado, y tenían cercada la
casa. Habiéndole dejado Juan Balsa, García de Alvarado entró buscando a Sotelo,
y un criado suyo, llamado Lizcano, que le vio entrar, le arremetió por detrás,
abrazándose fuertemente a él. Al ver Sotelo que su enemigo estaba tan cerca, le
atacó para matarlo. Juan Balsa le echó mano diciéndole que no hiciese tal cosa,
mientras que García de Alvarado, aunque al mozo Lizcano le pesó, se salió de
sus manos e le hirió en la cabeza (a Lizcano), y se fue hacia Sotelo
para matarlo, e le tiró algunas cuchilladas y estocadas. Por el ruido que hacían,
entró Juan García, e le dio tales heridas a Sotelo, que, poco después, quedó
muerto en el suelo, teniéndolo asido Juan Balsa, o por evitar que muriese, o
por ganas de verle muerto; lo cual creo yo, e tengo por más cierto lo que
dicen”.
La última frase de Cieza resulta
algo confusa, pero, al parecer, él consideraba que Juan Balsa estaba colaborando
en el asesinato, y que esa era la opinión general. Ya vimos que, tiempo atrás,
también se había extendido el rumor de que Balsa había envenenado a Juan de Rada,
y que, sobre ese caso, Cieza no creyó que la acusación tuviera fundamento. Ahora se despide de Sotelo con
gran pesar por su muerte: “De esta manera murió el principal y más acabado
varón que había entre los de Chile (los almagristas), y, con su muerte, se
vio claramente que todos iban a caer e ser destruidos, pues, si hubiera vivido,
pudiera con su prudencia guiar las cosas de manera diferente a como se
guiaron”.
(Imagen) Hemos ido viendo a GARCÍA DE ALVARADO en su ascendente, y
violento, protagonismo. Pronto va a morir de forma trágica, y sería injusto no
dedicarle algunos comentarios para aclarar su especial personalidad. Fue una
mezcla de grandes valores y grandes defectos. Había nacido en Badajoz el año 1513. Era el lugar de
origen de los más famosos Alvarados, aunque uno muy grande, nuestro conocido Alonso
de Alvarado, procedía de Cantabria, la verdadera raíz del ilustre apellido. El
padre de García también se llamó García de Alvarado, y lucía con orgullo el
título de Comendador de la Orden de Santiago en Montijo (Badajoz). Tuvo ocho
hijos con dos esposas. El sexto fue nuestro García de Alvarado. Pero, cosa
asombrosa, nació el primero su excepcional hermanastro DIEGO DE ALVARADO. Y
digo asombrosa porque no podían ser más diferentes. Diego era demasiado
perfecto y sensato, y así, sus consejos de prudencia le costaron a Diego de
Almagro el Viejo la derrota y la vida. El jovencísimo y valiente GARCÍA DE
ALVARADO pasó desapercibido en sus inicios militares dentro de la tropa de
Almagro, pero, cuando explotó la bomba de ambiciones que llevaba dentro, quiso
llegar a la cima más alta por cualquier medio, y, frecuentemente, con crueldad.
Su último gran error fue matar de forma cobarde a su capitán, el mejor, más
humano y más sensato de los almagristas, CRISTÓBAL DE SOTELO. Fue un trauma
para Diego de Almagro el Mozo, necesitado entonces de ir asentando su autoridad
entre las tropas que había dirigido su padre. Pero, a pesar de que García de
Alvarado, por su carisma de líder, tenía
muchos seguidores, supo sobreponerse y matar al asesino. Un auténtico drama
entre dos jóvenes: Alvarado, con 29 años, y, Almagro, con poco más de veinte.
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