viernes, 6 de septiembre de 2019

(Día 929) El plan de García de Alvarado era matar a Diego de Almagro y unirse a Vaca de Castro. Le invitó a una fiesta para hacerlo, y Diego de Almagro fingió aceptar para tenerlo confiado y matarlo a él.


     (519) Pero a García de Alvarado le van a ganar la partida: “Estaba en este tiempo en compañía de Juan Balsa un soldado llamado San Millán, natural de Segovia, de la familia de los Bocudos, mercaderes muy ricos, que se había hallado en la muerte del Marqués Pizarro, muy liberal y en extremo gastador, e, como viese nombrado por General a García de Alvarado, quiso ofrecerse a su amistad e servicio, y le rogó que él y sus amigos quisiesen recibir un convite en su posada. García de Alvarado, viendo que las palabras que le decía eran con buena intención, sin mezcla de ninguna malicia, le respondió que le contentaba hacer lo que le había rogado”.
     En lo que dice a continuación Cieza, se nos aclara nítidamente la duda que había expuesto anteriormente. Los planes de García de Alvarado y sus hombres eran sibilinos: “Le dijo a San Millán que aparejase la celebración para el día que quisiese, porque deseaba convidar a Don Diego para tener amistad entre todos. Dicen algunos que García de Alvarado habló con sus amigos de que habían de matar a Diego Méndez, Alonso de Saavedra, Diego de Hoces, Juan Gutiérrez Malaver y otros capitanes e soldados que se tenían por amigos de Sotelo, e incluso al mismo Don Diego de Almagro determinaron matar, y, después de hechas estas muertes, enviar mensajeros a Vaca de Castro, para que, entregándole las tropas e dándole la obediencia, le nombrase capitán, para que pudiese con sus amigos ir a descubrir alguna parte remota e ignota de estos reinos”. Nunca se sabrá si la siniestra idea, de llevarse a cabo, hubiera  sido aprobada por Vaca de Castro, o bien rechazada de plano, y castigada bajo el lema de “Roma no paga a traidores”.
     García de Alvarado se mostraba eufórico con el plan, y le pidió cordialmente a Diego de Almagro que se uniera a la fiesta llevando también a sus capitanes, “pues era razonable que todos se holgasen”. Una mentira de ese calibre necesitaba un actor genial. Y parece ser que Alvarado no lo era: “Don Diego comprendió muy bien que no le decía aquello con sinceridad ni con buena voluntad, mas, pareciéndole que podría utilizarlo para matar a García de Alvarado, le respondió graciosamente que le agradaba ir al convite, pues estaba bien que se regocijasen y mostrasen alegría. Diego de Almagro volvió a su posada, y habló con sus amigos diciéndoles que estuviesen preparados para darle la muerte a García de Alvarado en aquel convite. Llegó la tarde, y Don Diego, a hora de vísperas, se recogió en su cámara, y con él aquellos que habían de matar a García de Alvarado. Recostado en su lecho, fingió estar mal dispuesto, a fin de que García de Alvarado viniera para querer llevarle al convite, donde cada uno pensaba hacer su hazaña”.
     Era como una funesta partida de naipes en la que los dos hacían trampas: “Don Diego le mandó a Marticote hacer la guardia aquella noche, y que estuviesen los soldados bien provistos de pelotas para lo que sucediese. Marticote envió a su alférez con cincuenta arcabuceros, y, llegados a la puerta de la casa
de Don Diego, secretamente les dijeron que hiciesen la primera salva sin pelotas, y, al segundo tiro, tirasen con ellas”.

     (Imagen) El segoviano PEDRO DE SAN MILLÁN, escribano y soldado, tomó parte en el apresamiento de Atahualpa, y también de su botín. Más tarde se unió, para siempre, a las tropas de Almagro, con el que estuvo en la dura y fracasada campaña de Chile. Derrotado junto al triste anciano en la batalla de las Salinas, los pizarristas le arrebataron todas las riquezas que tenía en el Cuzco. Se trasladó a Lima, padeciendo la miseria y el desprecio que allí sufrían sus compañeros de armas. Consiguió una desvencijada vivienda, en la que empezaron a reunirse doce almagristas que mantenían vivo su odio contra los vencedores, y fantaseaban con la posibilidad de matar a Pizarro. Todos arruinados, solo poseían una capa, prenda habitual al salir de casa, y se la turnaban cuando tenían que hacerlo. El ‘gracioso’ Antonio Pizado, Secretario de Pizarro, empezó a llamarlos los Caballeros de la Capa, y el escarnio tuvo éxito popular. Lo que no se imagina Picado era que, poco después, los ridiculizados le iban a cortar la risa en seco, dándole, como vimos, un triste final. A los doce los vamos conociendo, y llama la atención que, estando tan unidos, algunos llegaran a odiarse hasta el punto de matarse entre ellos. Pedro de San Millán fue determinante para que no fracasara la ejecución de Pizarro, puesto que, ya todos en la calle, evitó que se echaran atrás. Cometido el asesinato, Pedro volvió a hacerse rico rápidamente, quizá por una habilidad heredada, ya que pertenecía a una familia de acaudalados mercaderes segovianos, llamados los Bocudos (‘de boca grande’), quienes eran, casi con seguridad, de origen judío (había muchos en Segovia), siendo común entre los conversos ponerse como apellido el nombre de algún santo. Veremos enseguida que Pedro de San Millán murió pronto y de mala manera.



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