domingo, 20 de septiembre de 2015




(2-3) -Ha sonado la última de las doce campanadas de la noche, y aquí me tienes, Félix, con la debida exactitud de los conjuros.
     -Hola, Sancho. Ese sonido nocturno, doce veces repetido, lento y melancólico, me llena de nostalgia.
     -El caso es que tú me has proporcionado el instrumento. He tocado las horas con una copia cuántica, en quinta dimensión, de la campana que encontraste en Rosales, ese pueblo tan próximo a Medina de Pomar. En tu libro cuentas que allí había un abad, llamado Juan Díaz Ordoño, casado con mi querida nieta Catalina  Ortiz de Matienzo, tristemente fallecida en plena juventud. Se ve que no quisiste echar más porquería encima de nosotros, los clérigos de entonces, y te preocupaste de aclarar que se trataba de un abad laico. Su hijo (de la primera esposa)  regaló la campana al pueblo y tengo a la vista la curiosa inscripción: “JHS MARIA JOSEPH SOI DEL SEÑOR DON JUAN ORDONO ABBA DE ROSALES ME FECIT AÑO 1630”.
     -¿No me vas a decir nada de Jesucristo, ni de Dios?
     -Tienes que saber una cosa. Hablaremos de todo. Pero no te descubriré ningún secreto. Podría decirte quién ordenó el asesinato de Kennedy, pero es trabajo vuestro, de pico y pala, ir desenterrando verdades. Y, además, en cuanto al futuro y a las explicaciones últimas, también nosotros vivimos ensopados en el misterio.
     -De acuerdo. Tú sabes perfectamente que he procurado ser muy objetivo en las cosas que cuento y en los datos que aporto. No soy yo el que aplaude o denigra, sino los mismos hechos en su pura desnudez. Pero los “hinchas” quieren que meta más “caña” a los del equipo contrario. Y, siento decirlo, son muy duros contigo a pesar de mi empeño en que te vean como hijo de tus circunstancias.
     -Es inevitable. Hay poca gente que mira desde la distancia, desde la barrera, sin liarse a trompazos. Recuerda aquello de que, “de cada diez cabezas, una piensa y las otras nueve embisten”. Además, a botepronto, interpretamos equivocadamente. Algún lector de tu libro habrá pensado que era un mal hablado el obispo que acusó a Bartolomé de las Casas de que sus métodos habían “convertido a sus ovejas en cabrones”. Nadie explicó tan bien la irracionalidad como Erasmo en su descacharrante libro “El elogio de la locura”. Te dejo ya que descanses. Buenas noches.
     -Buenas noches contemplativas, querido Sancho.

 ERASMO 



(3) -Ave, Felix, carus filius meus. En un instante termina una jornada y empieza otra. Me gusta tu empeño en saborear todos los días. Feliz diaversario.
     -Et eterna felicitas tibi quoque, carus Sanctus.
     -Amén. Un día lo sabrás. Vendrás aquí, a Quántix, y lo conocerás todo, menos el futuro y las verdades últimas. Los cuánticos carecemos de pasiones carnales, pero no espirituales. Hay entre nosotros gente muy soberbia, aunque lo que abunda son los místicos y compasivos. El resto terrenal más marcado que aún nos queda es la tendencia a la carcajada. En cuanto llega alguno nuevo y se entera de todo lo que ha pasado y está pasando en el mundo, le da un ataque de risa incontenible. Pero eso no significa que no nos conmocione la parte de horror y espanto con que está amasada la naturaleza humana. Lo que ocurre es que se trata de una conmoción espiritual, etérea y serena. Lo de la carcajada es otra cosa, y ha sido tan inevitable esta lacra terrena, que en Quántix se ha terminado por permitirla, e incluso fomentarla como un derecho de revancha por las putadas que todos pasamos y siguen pasando en la tierra.
     -No entiendo por qué sueltas una grosería.
     -Vaya, ya he tropezado. Te voy a explicar lo que sucede. Mi cerebro desencarnado, cuántico, conoce todos los idiomas y dialectos que hay y ha habido desde el principio de los tiempos. Por eso te habrás dado cuenta de que no me queda ni rastro de la forma en que se hablaba en el siglo XVI. Pero mi falta de consistencia carnal, mi sustancia etérea, no me permite calibrar a la perfección el valor y sentido exacto de las palabras en la práctica mundana. Así que te ruego que, cada vez que “patine”, me corrijas. Ese descontrol en la carcajada me recuerda la escena de Chaplin en la que un cómico cojonudo le provocó un ataque de risa que mandó al carajo todos los puntos de la operación de estética que le acababan de hacer en la cara.
     -Te anoto dos nuevas incorrecciones. Lo malo es que no tengo ningún sistema de censura previa.
     -Tú sabes lo que pasa y seguro que no le darás importancia. Limítate a advertírmelo. Con lo que te he dicho hasta ahora, ya han quedado claras las reglas del juego para nuestras conversaciones. Así que podremos empezar, sin más, a charlar  largo y tendido sobre la sustanciosa narración de ese futuro clásico de la literatura hispana que es “Sancho Ortiz de Matienzo y sus circunstancias”. Aunque falta otro paso previo, que lo trataremos mañana. Hemos de encontrar también un título para el conjunto de estas palabras nuestras. Dorme bene, carus filius.
     -Et cum spiritu tuo.

     -Amén de nuevo.

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